Hablar de ti

Hace un año expresaba por aquí que no era capaz, que hablar de ti se me hacía insoportable, que tu ausencia me pesaba en el día a día, en el alma, en el corazón. Constantemente.

A tu ausencia se le añadió un vacío más. Una ausencia más.Un hueco casi tan grande como lo dejaste tú. Mi corazón hecho trizas y el mundo girando mientras yo me ahogaba entre ausencias, decepciones, faltas y la incertidumbre constante de no saber qué había hecho mal, qué merecía de todo aquello, por qué había perdido credibilidad en un conflicto que ni siquiera había buscado…

Llegué al día D desbordada. Tu ausencia me quemaba y mi suelo se derrumbaba. Todo a la vez. Creo que nunca sentí un vacío tan grande en mi pecho. Desolada, destrozada y un abismo abriéndose ante mi como nunca antes lo había sentido. El vértigo, la falta de aire, el dolor.

Sobreviví. Sobreviví a más de 365 días. El tiempo que tarda la tierra en dar la vuelta al sol. Un año. Un año sin ti y no sabes cuanto me pesa.

Me perdiste

De todo lo que te quise, solo quedó un recuerdo.

Después de tantas salidas de tono perdonadas, después de tantos desplantes ignorados en el tiempo, sin arreglar, sin reparar. Después de arrastrarme tras cada uno de tus estallidos de ira descontrolada, esta vez no puedo.

«Puta cría» dijiste hace años. Y nunca lo arreglamos. Te dejé volver sin necesidad de disculparte. A pesar de los insultos, creía que me hacías bien. Y cuando hablaba contigo, creí que me comprendías. Fue cierto. Durante un par de años fue cierto.

También fue cierto que te creí demasiado. Demasiado importante, demasiado «razonable», demasiado «como yo». Sin quererlo, llegaste a envenenar mi mente con ideas que quizás no se hubiesen desarrollado en mi cabeza de esa forma. Todos los «yo ya paso de hablar porque tal persona no va a cambiar», «es que es así, condescendiente con los demás», «a mi también me molesta que diga esto» (pero no se lo digo). Me lo decías a mi. Y yo te creía.

Ya en 2019 no eras capaz de respetar mis límites. Nunca fuiste capaz. Cuando te pedía parar una discusión porque no quería perderte, siempre insistías hasta romperme. Y yo, idiota de mi, siempre volvía. Pidiendo disculpas aún cuando nunca te hubiera faltado al respeto. La culpa es mía. Por permitirlo sin consecuencias y por perdonar sin reparar antes.

Pero el año pasado lo rompiste todo. Me rompiste del todo.

Podría haberte perdonado. Con el tiempo y si todo seguía como hasta ese momento, podría haberte perdonado a pesar de decirme lo que me dijiste, de insultarme tal y como me insultaste. A pesar de la gravedad de las consecuencias, del impacto que tuvo en mi ese día. No voy a minimizar tus palabras para hacerte sentir mejor: me agrediste. En un momento, además, en el que ya sabías lo que iba a ocurrir si lo hacías. Te advertí. Te dije «si ocurre esto no podré soportarlo»…. Te puse ese límite. Y cuando pasaste ese límite, ocurrió lo que te dije que ocurriría: no podía mantener una conversación en ese estado. Y en cuanto te dije «no puedo mantener una conversación así», traspasas ese límite y me agredes.

Sin embargo, no fue eso lo que me impidió seguir adelante. No fue eso lo que me hizo pensar «hasta aquí». Fue lo de después. Que borraras todas nuestras conversaciones. Porque hay cosas que aún conservo de tus palabras y de las mías: mi despedida, tu intento de disculpa, tu torrente verbal cuando yo aún estaba esperando a una ambulancia, completamente desregulada. Pero todo lo demás, lo bueno, las conversaciones lúcidas, cuando estaba en un momento emocional más razonable. Las ideas y planes de futuro. Las palabras sobre otras cosas. Tu discurso en la boda. Esos recuerdos se han borrado. Los has borrado. Y me cuesta imaginarme una situación donde pueda decir «está bien, volvamos a construir algo juntas».

No es rencor. Es que no puedo volver a ser esa niña que se deja pisotear. No así. No otra vez. Aun pensaba en ir a Alemania en tu cumpleaños, disculparme, tratar de hablar contigo, solucionarlo, recuperarte. Pero no puedo.

Solo puedo perdonarte, quizás, si pides unas disculpas sinceras. Si te esfuerzas por mi por una única vez. Si vienes de frente, como siempre he pedido, y muestres que de verdad estás arrepentida del daño que me hiciste. Pero si tu pensamiento sigue siendo «yo también estaba cansada de esto», «yo ya no podía con esta relación», «a mi también me estaba haciendo daño»…. Desde ahí no hay nada que construir, solo distancia. Solo podría perdonar con una promesa de cambio, de regreso a terapia, de reconocimiento del daño y del problema de control que siempre has tenido. Tus estallidos ya no tienen justificación. Y no estoy dispuesta a volver a permitir un regreso sin consecuencias.

Más de 15 años destinados al olvido. No importa si no sientes esa necesidad de recuperarlos. Yo, desde luego, ya no puedo volver a la misma posición de antes. Aunque lo intente, no puedo. Lo siento.

Te quise, pero traspasaste tantas veces mis límites que no puedo seguir siendo la misma.

Que bonita la vida…

Qué bonita la vida que da todo de golpe
Y luego te lo quita, te hace sentir culpable
A veces cuenta contigo, a veces ni te mira
¡Qué bonita la vida!

Qué bonita la vida cuando baila su baile
Que se vuelve maldito, cuando cambia de planes
Ahora juega contigo, otras tantas comparte
¡Qué bonita la vida!

Y tan bonita es que a veces se despista
Y yo me dejo ser
Y tan bonita es

Es vida lo que me das
Vida tu caminar
Vida que arrampla cobarde
Que lucha, que sueña y que perderás

Vida que vuelve a dar
Vida que sola estás
Vida repleta de gente que nace, que vive
Que viene y va

Qué bonita la vida, tantas veces enorme
Te acaricia y te mima, te hace sentir tan grande
A veces eres su niño, a veces enemiga
¡Qué bonita la vida!

Qué bonita la vida, qué regalo tan grande
Que luego te lo quita, te hace no ser de nadie
A veces un sin sentido, otras tantas gigante
¡Qué bonita la vida!

Y tan bonita es que a veces se despista
Y yo me dejo ser
Y tan bonita es

Es vida lo que me das
Vida tu caminar
Vida que arrampla cobarde
Que lucha, que sueña y que perderás

Vida que vuelve a dar
Vida que sola estás
Vida repleta de gente, que nace, que vive
Que viene y va

Y tan bonita es que a veces se despista
Y yo me dejo ser
Y tan bonita es

Es vida lo que me das
Vida tu caminar
Vida que arrampla cobarde
Que lucha, que sueña y que perderás

Vida que vuelve a dar
Vida que sola estás
Vida repleta de gente, que nace, que vive
Que viene y va

Vida, vida, vida, ah-ah

¡Qué bonita la vida!, que te mece con arte
Que te trata de usted, para luego arroparte
Te hace sentir valiente, otras tantas, don nadie
¡Qué bonita la vida!

Hoy estoy triste. Como ayer. Como, quizás, mañana. 365 días sin ti y las horas sumando.

¿Qué sentido tiene?

¿Es normal que quiera volver a hablar del tema con las mismas personas?

Sí. Cuando algo duele, duele y seguirá doliendo hasta que no tengas ese momento de reparación, esa conversación. La comodidad está bien y mientras eso no moleste, las cosas estarán bien…. Pero eso siempre va a estar ahí molestando en mi cabeza. Es que ni siquiera me veo capaz de estar en un mismo espacio sin volver al tema…

Depresión, oh, here we are. Expresaba con palabras lo que tenía en la cabeza, otra vez ese sentimiento de insignificancia, de…. no importarle a nadie, no preocuparle a nadie, de ser totalmente prescindible, en cualquier sitio. Que soy la única que estoy sufriendo ASI y que los demás están mejor sin mi…. Y eso duele.

Supongo que soy la única que quiere reparar aquello que se rompió. Que «nadie me guarda rencor» y que «simplemente» no quieren hablar del tema. Pero algo se rompió en mi (todo se rompió en mi) y nadie es capaz de verlo a la cara, de sostener eso… «No creo que Irene sea capaz de evitar ese tema»… Es que NO quiero evitar ese tema. «Nadie tenía problemas con verla en el cumpleaños de…. Fue decisión de ella, pero los demás, ni siquiera la otra persona, no tenían nada en contra»…. «Para mi sería muy incómodo, otra cosa es que en algún momento surja verse en grupo y se cree normalidad». No entiendes que para mi no va a haber ninguna normalidad nunca. No hasta que se hable. No hasta poder sentarme con vosotros y que hablemos del tema, por muy incómodo que sea.


Pero ahora cada vez que vuelvo a esto, a esta entrada, a ese momento…. Todo llega a la misma conclusión: no hubo ni siquiera la mínima intención de reparar nada, porque nadie veía que para mi todo esto fue una ruptura. Dolorosa, muy dolorosa.

Porque cada vez que pedí diálogo, las excusas se fueron haciendo más y más evidentes. Publicar aquí fue visto como un motivo más, una razón más para negarme una humanidad que pedí desde el primer momento. Si todo lo que publico en mi blog va a ser usado en mi contra… Desde luego, no podía ser yo.

No, no uso ni he usado el blog para atacar a nadie. He expresado lo que sentía cuando lo sentía. No lo he compartido para «señalar» a nadie. Si lo compartí UNA vez fue para expresar lo que sentía en ese momento. La rabia. El dolor. La desesperación. Pero si ni siquiera eres capaz de entender eso… Me temo que el año pasado tenía razón cuando dije que tienes la empatía en el culo. Lo que se publicó en redes, se borró casi de inmediato, arrepentida. Así que no puede ser que digas que «lo hago público» para que «os entereis» cuando lo publiqué una única vez y lo borré. Nadie entra en mi blog, salvo quien realmente quiere tergiversar lo que escribo o usarlo a su favor para defenderse de palabras que no están ahí para atacar o mentir, sino para expresar lo que siento y lo que HE VIVIDO. No puedes negar mi experiencia, así como yo no niego la tuya.

Pero os empeñasteis en negar mi verdad, en negar mi experiencia, en negar incluso mis razones. Te empeñaste en negar mi realidad, diciendo que mi realidad estaba alterada. Cuando se pone en entredicho la experiencia de la otra persona, deja de haber diálogo posible. Y aunque deseara con todas mis fuerzas mantener una conversación en persona, desde el primer momento, una conversación más humana y cálida que simples mensajes de texto, sabía que esa oportunidad no iba a existir.

Por eso borré los chats. Yo no llego hasta el final del asunto si no estoy segura de que no hay nada que hacer. No soy una persona de rendirse. No soy una persona que de las cosas por hecho, que no reflexione sobre los asuntos que le importen, que no lo intente más veces. Lo doy todo, hasta el final.

Pero cuando llega el final es cuando entiendo que no puedo hacer nada más. Que las conversaciones mantenidas no me sirven para nada porque no había diálogo, solo posturas ya cerradas. No había intención de reflexión. Hubo un período de 2-3 meses donde las conversaciones estuvieron ahí y no se hizo ningún tipo de reflexión, así que… ¿Qué puedo esperar?

Y en ese momento llega el blog.

Que no consideres que me hicieras daño no significa que el impacto de tus acciones fuera diferente. Sí, me hiciste daño. Diste muchas cosas por sentada. Dudaste de mi desde el primer momento. No me creíste. Y luego decidiste activamente (y me lo dijiste) mirar para otro lado. Para protegerte quizás, para salvarte a ti. Pero esas acciones tuvieron consecuencias en mi. Todo lo que ocurrió esos días, el resultado de vuestras conclusiones y, sobre todo, la imposibilidad alguna de diálogo, me llevaron a una depresión MUY grave. No levantaba cabeza. Lloraba a todas horas. No tenía ni un día en paz conmigo misma porque NO PODIA.

Es fácil negar el daño cuando no lo has visto de frente. Cuando ni siquiera te has atrevido a asomar por la rendija a ese vacío. Me pusiste un «único» límite, cuando sabías que era el ÚNICO límite que no podía cumplir. «No repetir el tema…. porque ya estaba más que hablado». Para mi no. Tu límite era un imposible, porque para mi no estaba «más que hablado». La única circunstancia que pedí desde el primer momento, que fue hablar del tema por voz, nunca surgió. Y no surgirá nunca. Y esa fue mi única petición, en todo momento. Hablar como adultos, cara a cara, con la calidez de los gestos, el silencio de las miradas, la ternura de las palabras. Pero cuando no hay madurez emocional, no puedes pedir más. No se le pueden pedir peras al olmo.

Desde la comodidad del chat todo ha sido muy fácil. Fue fácil interpretar mis intenciones. Fue fácil decidir lo que me convenía. Fue fácil anular mi realidad. Bastaba con decir «eso no fue así» y cerrar la conversación. Pero…. ¿donde queda lo que yo viví? El diálogo quedó cerrado y traté de explicarlo por aquí, por este blog. Otra vez mis palabras fueron interpretadas de cualquier forma. Y, si lees esto, creo que también vas a interpretar de nuevo mis palabras. Dirás que te estoy acusando, que te estoy atacando o que te estoy juzgando.

Y después de todo… Sigues suponiendo. Supones que en mi cumpleaños lo pasé mal por no tener felicitaciones (qué más daba? No esperaba nada de nadie). Supones que habríamos tenido una bronca por no haberme felicitado, incluso «soñaste» con ello. Supones. Siempre supones. Pero nunca te paras a preguntar si tus teorías son ciertas. Nunca te paras a reflexionar por qué siempre haces las mismas suposiciones. No te paras a ver que tus suposiciones están siempre muy muy alejadas de la realidad, de lo que yo pienso y de lo que yo siento. MUY alejadas. Desde el momento en el que esa duda no existe, desde el momento en el que nadie se para a pensar «Oye, ¿qué habrá querido decir Irene con esto? ¿De verdad pretendía hacer chantaje emocional o simplemente está desbordada?» … Desde el momento en el que la curiosidad por la realidad de la persona con la que estás hablando desaparece por completo…. Los castillos en el aire que construyes no se sostienen. Y eso me parece muy triste.

«Esto empezo cuando me mintió»…. Pero es que no te mentí… No interpreté lo mismo que tú y eso es muy diferente a mentir. Entiendo por qué tú no lo ves igual. Para ti estaba claro como el agua, pero para mi nunca estuvo tan claro. Nunca tuve más contexto emocional que el que dijiste, que cuando admitiste que «no sabía nada» y que no tenía ni idea de la dimensión del conflicto. ¿Como puedes pensar que mentí cuando admites que no me diste toda la información necesaria para que fuera consciente?

Siempre he aceptado las consecuencias de lo ocurrido. Lo he dicho muchas veces. Sé que el mensaje se recibió como presión y entiendo por qué. Pero tras intentar el diálogo en tantas ocasiones sin recibir ni una sola oportunidad, me cansé. A este blog se llega por algo y es que cuando el diálogo se acabó, vine aquí a gritarle al viento. Mi primera entrada para retomar el blog fue precisamente eso, una «vuelta al muro». Una vuelta a la escritura terapéutica. No con intención de difamar a nadie, sino de expresar mis emociones, mis sentimientos, mi dolor, mi rabia, lo bonito, lo malo, lo que yo vivi… Todo.

Tras las continuas respuestas de «no voy a hablar», «no quiero hablar», «no puede hablar», cada una con con su correspondiente excusa («no está preparada para lo que yo le tenga que decir», «no es capaz de asumir lo que hizo», «no quiero tener nada que ver porque me ha difamado en redes»)… Decidí borrar todo. Las conversaciones, los contactos, los grupos en los que en algún momento hemos estado… Todo. Puedo borrar vuestros números de teléfono, pero aún estoy intentando borrar hasta los recuerdos. Por lo que sea, eso es mucho más difícil.

Todo esto para decir… Que este tema aún me sigue haciendo daño. Aún me duele. Me alegro que los demás hayais podido pasar página, de verdad. Bien por vosotros. A mi aún me va a doler un rato.

Ya verás cómo me olvidas
Y te encuentro en cualquier bar
Pegando saltos de alegría
Y me dices que lo nuestro
No era lo que merecías
Seré cosas que se cuentan
Vueltas de la vida

No volverá. No se fue jamás.

Un último susurro, un último aliento. Un recuerdo que quedará en el olvido.

Dan las seis
Marcos, tazas, café
Niebla en el televisor
Frío en los pies

Diez, dos, cien
Briznas de polvo lunar
Cruzan la persiana
Sin parar
Su ballet

No volverá
No se fue jamás

Cada recuerdo será
Un desertor

Quizás un error
Cada pared, un vals
Una sonata fantasma
Cada espiral
En cada reloj

Duerme un temblor, duerme un temblor

Ya dan las seis
El café se enfrió
El polvo lunar nos trae
La última transmisión

Por un segundo fue
Reina del recital
Vistió la plata otra vez
Que el tiempo le tejió
Y se abrió un telón
Desafiando el final
Y en esa brecha de luz
Vuelve a bailar
Vuelve a bailar
Vuelve a bailar
Vuelve a reina

Cada recuerdo será un desertor,
quizás un error.

Se acabó la guerra.

Desde siempre he sido la mala. He sido el enemigo al que combatir. La incorrecta, la inmadura, la «puta cría», «niñata», «zorra»… No sé por qué aguanté tanto. Por qué perdoné tanto. Por qué me negué a ver tanto daño.

Siempre dije: «Me sentía cómoda.» Pero las pruebas estaban ahí. Los sentimientos estaban ahí. Algo se sentía «raro». Siempre era yo, siempre eran mis defensas. Me hicieron creer que los cuchillos eran flores cuando en realidad mi presentimiento era cierto y siempre fueron cuchillos disfrazados de palabras bonitas.

«Tienes que aprender a aceptar», «tienes que aceptar», «acéptalo», «supéralo», «pasa página». Aceptar, aceptar, aceptar. ¿Cuando pensabais aceptarme a mi? ¿Nunca? Fue una batalla constante por ser vista, entendida y apreciada.

¿Alguna vez aceptasteis que pudiera tener una opinión distinta a la vuestra y que no tenía por qué estar «bien» o «mal»? Solo distinta. Pero no, todo lo que hacía estaba «mal» siempre. Aprendí a defenderme a mi misma, a pelear por mi verdad después de tanta invalidación. Pero… ¿lo visteis? Era todo una «justificación», «excusas», «no aceptas tus errores»…. ¿Quién no acepta sus errores si está todo el rato afirmando «aquí metí la pata»? ¿Quien no ha reflexionado lo suficiente?

¿Por qué las relaciones se sentía verticales? En la mayoría de los casos, nunca era tratada de igual a igual. Conmigo no se hablaba, con la excusa de «es que tenemos miedo a hacerte daño». Hablar para entender es muy distinto que hablar para criticar. Y para poder hablar con alguien y entender lo que dice, hay que saber escuchar. Escuchar a alguien es darle el permiso de expresarse sin miedo, sin juzgarla, sin dictar su moralidad, su voluntad, sus intenciones. Sin acusarla. «Eres egoísta», «no piensas en los demás aunque lo digas», «tu realidad está alterada», «solo quieres beneficiarte tú», «eso son excusas». Hablar era una sensación constante de «aleccionamiento» (odio esa palabra). Un esfuerzo constante por dividir lo que soy y lo que pienso. Y siempre la misma respuesta «tienes que aceptar que lo que haces está mal»… Como si fueseis poseedores de la verdad absoluta, donde solo vosotros podíais decidir lo que estaba «bien» y lo que estaba «mal». Como si las categorías morales no fuesen subjetivas, matizables y distinguibles. Como si la realidad no fuera, en sí misma, subjetiva. Como si desconociera las normas.

Lo siento, nunca he sido ignorante, pero la legalidad no es la moralidad y tener una opinión no te hace mágicamente inconscientes de los límites (legales Y morales).

Construí una coraza para protegerme de la constante fiscalización de mi conducta. Y luego os preguntabais por qué me defendía siempre. Incluso cuando no hacía nada mal, se buscaba el mínimo fallo. Una percepción equivocada, una palabra inadecuada, un matiz inválido. ¿Quien no ha hecho crítica? He llegado a hacer tanta crítica y a revisar tanto mi comportamiento que he llegado a la conclusión de que la dinámica era siempre la misma. Y yo estoy cansada de defenderme. De vivir guardada, contenida, fuerte y resiliente. Estoy cansada de ir por la vida con el escudo por delante, porque es lo único que he podido mostrar ante la constante invalidación y la invisibilidad percibida.

Fueron casi 10 años de convivencias comunes. De quedadas a jugar juegos de mesa, de casas rurales, de cumpleaños, de bodas y celebraciones, despedidas de solteros, de complicidad, de grupos y llamadas hasta las tantas, karaokes, anécdotas compartidas, conciertos, viajes (Málaga, Alemania…) e incluso intimidades que no salieron nunca por mi parte (los traumas de una, la relación con su padre de otra, los miedos a viajar, a quedarse sola, a ser el centro de atención, la ansiedad por el trabajo). Todo relegado a un «no fui honesta» o un «para mi nunca fuiste más que una simple conocida»… O peor, un «ahí te mueras». Juré que movería cielo y tierra por esa persona, que era mi rosa de los vientos, que era mi guía, mi Nana. ¿Y ahora qué? ¿En qué ha quedado todo? Más de 10 años compartidos que se han visto reducidos a cuatro conversaciones mediante chats, abandono activo de una persona en crisis y una agresión verbal que nadie estuvo dispuesto a rechazar.

No más. De los puentes tendidos ya no quedan ni cenizas. La reparación no va a llegar nunca para mi, pero como cualquier duelo, se transita. Me llevará tiempo colocar esta herida en mi y «pasar página». Y volveré adelante y atrás constantemente, preguntandome por qué lo permití durante tanto tiempo o cómo volver ahí. Si me merecía tanto sufrimiento, si me merecía no ser vista en mi peor momento, si me merecía una conversación empática. Si alguna vez alguien pensará que se equivocó conmigo. Si alguien se arrepentirá de lo que ocurrió. Si alguien piensa que realmente me cuidó cuando más lo necesitaba.

Un paso adelante, dos atrás, tres adelante… Y así acomodando el dolor en mi interior, en algún espacio que me permita vivir.

Qué decepción, qué desengaño, que absurda melancolía.

Eso no era seguro para mi.

Y esa es la verdad, aunque cueste admitirlo.

Un lugar seguro es aquel en el que puedo decir lo que molesta, incomoda, sin miedo a que inviertan la responsabilidad de los actos. Un lugar seguro es aquel en el que me puedo equivocar, pero cabe espacio para el diálogo después. Un lugar seguro es aquel en el que, ante un acontecimiento con múltiples interpretaciones, alguien da un paso al frente por mi y plantea una duda razonable. Un lugar seguro es aquel que no reinterpreta una historia compartida sin la otra persona. Un lugar seguro es aquel en el que sabes que esa persona VA a estar. Sin importar cuando, sin importar cómo.

Eran mis amigos, pero no era un lugar seguro para mi.

Cuando el cuento suena así:

– Oye, esto que has dicho me molesta. Sé que no lo hacías con mala intención, pero lo has repetido tantas veces que no me hace gracia, me gustaría que dejaras de hacerlo.

– Era una broma, no te lo tomes así.

– Para mi no fue una broma, era importante.

– Eso es tu problema.

– Es algo que estás haciendo tú.

– Es que yo soy así, bromista. Y me estás pidiendo que cambie mi forma de ser y no me sale.

– No, solo te he pedido que no hagas esa broma (por enésima vez).

O así:

– Tengo algo importante que decirte. Lo siento porque blabla y blabla y soy malísima y te estoy haciendo muchísimo daño, pero es que tú eres de esta forma y me haces sentir mal porque (cosas que no son ciertas en ningún escenario). Ahora necesito que me des tiempo (A MI) y que pienses sobre lo que te he dicho (sobre lo que YO he hecho).

– Sé que estás vulnerable y yo tampoco lo estoy pasando bien, he pasado por todo esto este fin de semana, ¿podemos poner una fecha para hablarlo?

– No, ahora ya no. Me has presionado cuando te pedí tiempo. No vuelvas a hablar conmigo.

Sabes que eso no es seguro para ti.

Los quise, pero no podía seguir ahí. Y no por mi, no porque yo fuera demasiado, no porque yo fuera una persona muy sensible, no porque fueran malas personas, o me trataran mal ‘per se’.

Solo que yo me merezco un trato más digno. Unos recuerdos completos, no solo migajas. Una presencia, no algo «circunstancial«, como se ha podido interpretar. Alguien que me viese, no que interpretara mi vulnerabilidad como manipulación. Un lugar en el que no tuviera que hacerme pequeña para existir, ni callarme para ser aceptada. Donde poder decir que me duele sin que eso sea atacar o acusar a nadie.

Un lugar donde no se instrumentalice el lenguaje terapéutico. Donde la palabra «empatía» no sea utilizada como arma. Donde las emociones no sean un intercambio. Donde sentir esté bien y no sea malinterpretado. Donde las palabras no signifiquen «chantaje«.

Y sobre todo, un lugar donde no me agredieran. Un lugar donde no hubiera espacio para la agresora después. Por lo menos, hasta que la víctima decidiera qué hacer con ello.

No tuve espacio, no tuve tiempo, no tuve voz. Y si tengo que renunciar a mi espacio en el mundo, a mi tiempo o a mi voz para existir en una mesa, en esa mesa me acabaré sentando en el suelo otra vez. Y eso se acabó.

Hay otra cosa que nunca admitirán. Que tomaban decisiones sobre mi, sobre mis sentimientos, sobre mis intenciones o mis pensamientos… Sin mi.

Cuando alguien decide por ti:

  • Qué te hace daño
  • Cómo vas a interpretar las palabras
  • Si estás preparada o no para algo
  • Tu sufrimiento
  • Tus necesidades
  • Lo que puedes asumir (o no)
  • Tu propia reacción

Cuando decides retirarle su agencia a una persona, decides «prevenir» una situación que asumes que existe o existirá, decides ignorar algo para «proteger» a esa persona del supuesto daño que le haría… Cuando admites que estás omitiendo partes de la historia (‘si no te mandé a la mierda el otro día es porque no sabes todo el cuento‘) Estás siendo paternalista. Y es algo cierto que durante unas pocas semanas se habló más de mi sin mi, que conmigo. Como si yo no supiera nada, como si no tuviera nada claro, como si no tuviera opinión siquiera. O como si no fuera consciente de la situación.

La chica que lo perdió todo

Se forzó tanto en continuar. Se forzó tanto en seguir como si nada pasase, como si pudiera con todo, como si fuera una heroína. Estudiar, trabajar, gestionar. Estudiar, trabajar, gestionar. On repeat. Mientras el frío se instauraba dentro de ella otra vez. Otra. Maldita. Vez. On repeat.

Ese frío que lo cubrió todo de blanco, de hielo y de muerte. Esa chica se refugió en una pequeña cabaña, chiquitita, con el corazón encogido y sin querer salir. Era familiar, había crecido en ese frío, estaba cómoda, con su camita, su ordenador… Estudiar, trabajar, gestionar. No sabía como estaba, pero estaba. On repeat. Otra. Maldita. Vez.

Empezó como un pequeño eco. Una intuición. Una voz en su cabeza diciendole «algo no está bien». ¿Serían paranoias? ¿Pensamientos intrusivos? Gestionar, gestionar, gestionar. Un breve murmullo, extendido en el tiempo. Gestionar, gestionar, gestionar. Durante días y días. Meses. Años. On repeat.

Hasta que esa voz empezó a ganar fuerza, a poner patas arriba su mundo, inquietante, incesante. Algo no iba bien. ¿Eso era familiar? Sentir lazos desvaneciéndose en la nada. Otra. Maldita. Vez.

«Siento que eres… como un bonito recuerdo»

Y llegó el evento principal, la hora del show, el baile perfecto. La actriz principal llegó con sus prendas raídas, agotada, cansada. Pero llegó. Estuvo ahí. Sintió el calor. Pudo sentir el calor. Y pudo volar hacia él…. Solo un poquito más. Solo un poquito más. Maldito Ícaro. On repeat.

Esa chica no pudo volver al frío tras sentir el calor. Se plantó. Hizo algo diferente. Una. Buena. Vez. Y empezó a tirar de esos hilos invisibles. Probando, testando, descubriendo. Se rompieron. El frío se lo había llevado todo. Incluso esos hilos. Se rompieron. Y por mucho que la chica se esforzaba en sentirlos de nuevo… Ya no estaban.

La soledad. Otra. Maldita. Vez. On repeat.

Me voy – Vanesa Martín

Conocí esta canción hace unos cuantos años, cuando me rompí por última vez, cuando quise desaparecer de aquí, de todo, de todas partes, por última vez. Derrotada, cansada, rota.

Esta vez decido irme, porque quedarme iba a tener un precio TAN alto que no lo podría asumir. Porque quedarme iba a significar tener que callarme, silenciarme, «aceptar» una realidad que no es la mía, una versión que me invisibiliza, me anula, me niega y me destruye. Y aunque los demás digan que no hicieron nada… Hay palabras que no cambiarán por mucho que se borren las conversaciones.

No puedo dar más de mi. No puedo esforzarme más por unos vínculos rotos que solo yo quiero reparar. No puedo vivir en un espacio que me niega constantemente.

Me voy

he decidido que ya no doy más
Que es preferible romperme a doblar
La calle eterna de las despedidas
De conversaciones que no se darán

Admiro al tiempo que nunca paró
Las conclusiones me crean tensión
Como tus ojos me cargan de dudas

Me voy, y si algún día preguntas por mí
Tal vez te quieras volver a reír
Seré de nadie, seré de la lluvia que ya te empapó
Seré los brazos que vas a querer
La doble vuelta de tuerca en tu piel
La luz del fondo que siempre te invita

Así, me he despertado contigo a la vez
Te veo dormir y me quiero morder
Me siento como un muñeco de aire
Anclada a la vida que empiezo a no ver

Porque contigo no sé quién se va
No sé quién gana ni soy tu rival
La cuenta eterna que acaba en huida

Me voy, y si algún día preguntas por mí
Tal vez te quieras volver a reír
Seré de nadie, seré de la lluvia que ya te empapó
Seré los brazos que vas a querer
La doble vuelta de tuerca en tu piel
La luz del fondo que siempre te invita

Me voy y si algún día preguntas por mí
Tal vez te quieras volver a reír
Seré de nadie, seré de la lluvia que ya te empapó
Seré los brazos que vas a querer
La doble vuelta de tuerca en tu piel
La luz del fondo que siempre te invita

¡Ay! Me voy
Y si algún día preguntas por mí
Tal vez te quieras volver a reír
Seré de nadie, seré de la lluvia que ya te empapó
Seré los brazos que vas a querer
La doble vuelta de tuerca en tu piel
La luz del fondo que siempre te invita

Te echo de menos – Beret

Cuando ya no sepas dónde ir
Solo vete donde dé más miedo
Las cosas que no puedes cambiar
Son las mismas que acaban cambiándote luego

Te prometí hacer todo por ti
Pero hacerte feliz yo no puedo
Y si vas a ser alguien sin mí
Por favor, nunca seas aquello que te hicieron

Y ya pasó un día y no te veo
Ya llevamos dos y te pierdo (te pierdo)
Si pasas de página, ya no te leo

Te echo de menos
Aunque yo fui quien te eché
A veces no sé qué quiero
Cómo te voy a querer

Pones un pero
Yo que siempre te esperé (uh)
Lo malo es que tú eres fuego
Y yo tengo miedo a arder

Quiérete
Hasta que olvides por qué no lo hacías
Olvida todo menos la alegría
Un sinsentido que te diga «vive» y me llames «mi vida»

Dices «ven»
Y no me indicas que por dónde siga
Perdiste el tiempo, según tú lo miras
Pero lo bueno nunca va a llegar enseguida

Y ahora que no queda tiempo me da por querer decirte
Que tú siempre me has querido como no hago yo
Que lo que duele no es irse, sino darse cuenta tarde
De que sí pude quedarme cuando ella no

Si el amor puede con todo, mi problema siempre ha sido
Pensar que yo de verdad podre con el amor

Y cómo voy a conocerte, si siempre viví conmigo
Y el que menos se conoce en realidad soy yo

Te echo de menos
Aunque yo fui quien te eché (uh)
A veces no sé qué quiero
Cómo te voy a querer

Pones un pero
Yo que siempre te esperé (uh)
Lo malo es que tú eres fuego
Y yo tengo miedo a arder

Y lo malo que es pensar por primera vez
Que puede ser la última de algo y la pura ironía de verle correr
Tan sólo por huir a salvo de mis pasos
Ya llevo una vida queriéndote tanto
Esperándote, dándome igual cada daño que me está costando
El poder darme cuenta que para ti no cuento tanto

Te echo de menos
Aunque yo fui quien te eché (uh)
A veces no sé qué quiero
Cómo te voy a querer

Pones un pero
Yo que siempre te esperé (uh)
Lo malo es que tú eres fuego
Y yo tengo miedo a arder