De todo lo que te quise, solo quedó un recuerdo.
Después de tantas salidas de tono perdonadas, después de tantos desplantes ignorados en el tiempo, sin arreglar, sin reparar. Después de arrastrarme tras cada uno de tus estallidos de ira descontrolada, esta vez no puedo.
«Puta cría» dijiste hace años. Y nunca lo arreglamos. Te dejé volver sin necesidad de disculparte. A pesar de los insultos, creía que me hacías bien. Y cuando hablaba contigo, creí que me comprendías. Fue cierto. Durante un par de años fue cierto.
También fue cierto que te creí demasiado. Demasiado importante, demasiado «razonable», demasiado «como yo». Sin quererlo, llegaste a envenenar mi mente con ideas que quizás no se hubiesen desarrollado en mi cabeza de esa forma. Todos los «yo ya paso de hablar porque tal persona no va a cambiar», «es que es así, condescendiente con los demás», «a mi también me molesta que diga esto» (pero no se lo digo). Me lo decías a mi. Y yo te creía.
Ya en 2019 no eras capaz de respetar mis límites. Nunca fuiste capaz. Cuando te pedía parar una discusión porque no quería perderte, siempre insistías hasta romperme. Y yo, idiota de mi, siempre volvía. Pidiendo disculpas aún cuando nunca te hubiera faltado al respeto. La culpa es mía. Por permitirlo sin consecuencias y por perdonar sin reparar antes.
Pero el año pasado lo rompiste todo. Me rompiste del todo.
Podría haberte perdonado. Con el tiempo y si todo seguía como hasta ese momento, podría haberte perdonado a pesar de decirme lo que me dijiste, de insultarme tal y como me insultaste. A pesar de la gravedad de las consecuencias, del impacto que tuvo en mi ese día. No voy a minimizar tus palabras para hacerte sentir mejor: me agrediste. En un momento, además, en el que ya sabías lo que iba a ocurrir si lo hacías. Te advertí. Te dije «si ocurre esto no podré soportarlo»…. Te puse ese límite. Y cuando pasaste ese límite, ocurrió lo que te dije que ocurriría: no podía mantener una conversación en ese estado. Y en cuanto te dije «no puedo mantener una conversación así», traspasas ese límite y me agredes.
Sin embargo, no fue eso lo que me impidió seguir adelante. No fue eso lo que me hizo pensar «hasta aquí». Fue lo de después. Que borraras todas nuestras conversaciones. Porque hay cosas que aún conservo de tus palabras y de las mías: mi despedida, tu intento de disculpa, tu torrente verbal cuando yo aún estaba esperando a una ambulancia, completamente desregulada. Pero todo lo demás, lo bueno, las conversaciones lúcidas, cuando estaba en un momento emocional más razonable. Las ideas y planes de futuro. Las palabras sobre otras cosas. Tu discurso en la boda. Esos recuerdos se han borrado. Los has borrado. Y me cuesta imaginarme una situación donde pueda decir «está bien, volvamos a construir algo juntas».
No es rencor. Es que no puedo volver a ser esa niña que se deja pisotear. No así. No otra vez. Aun pensaba en ir a Alemania en tu cumpleaños, disculparme, tratar de hablar contigo, solucionarlo, recuperarte. Pero no puedo.
Solo puedo perdonarte, quizás, si pides unas disculpas sinceras. Si te esfuerzas por mi por una única vez. Si vienes de frente, como siempre he pedido, y muestres que de verdad estás arrepentida del daño que me hiciste. Pero si tu pensamiento sigue siendo «yo también estaba cansada de esto», «yo ya no podía con esta relación», «a mi también me estaba haciendo daño»…. Desde ahí no hay nada que construir, solo distancia. Solo podría perdonar con una promesa de cambio, de regreso a terapia, de reconocimiento del daño y del problema de control que siempre has tenido. Tus estallidos ya no tienen justificación. Y no estoy dispuesta a volver a permitir un regreso sin consecuencias.
Más de 15 años destinados al olvido. No importa si no sientes esa necesidad de recuperarlos. Yo, desde luego, ya no puedo volver a la misma posición de antes. Aunque lo intente, no puedo. Lo siento.
Te quise, pero traspasaste tantas veces mis límites que no puedo seguir siendo la misma.