Se acabó la guerra.

Desde siempre he sido la mala. He sido el enemigo al que combatir. La incorrecta, la inmadura, la «puta cría», «niñata», «zorra»… No sé por qué aguanté tanto. Por qué perdoné tanto. Por qué me negué a ver tanto daño.

Siempre dije: «Me sentía cómoda.» Pero las pruebas estaban ahí. Los sentimientos estaban ahí. Algo se sentía «raro». Siempre era yo, siempre eran mis defensas. Me hicieron creer que los cuchillos eran flores cuando en realidad mi presentimiento era cierto y siempre fueron cuchillos disfrazados de palabras bonitas.

«Tienes que aprender a aceptar», «tienes que aceptar», «acéptalo», «supéralo», «pasa página». Aceptar, aceptar, aceptar. ¿Cuando pensabais aceptarme a mi? ¿Nunca? Fue una batalla constante por ser vista, entendida y apreciada.

¿Alguna vez aceptasteis que pudiera tener una opinión distinta a la vuestra y que no tenía por qué estar «bien» o «mal»? Solo distinta. Pero no, todo lo que hacía estaba «mal» siempre. Aprendí a defenderme a mi misma, a pelear por mi verdad después de tanta invalidación. Pero… ¿lo visteis? Era todo una «justificación», «excusas», «no aceptas tus errores»…. ¿Quién no acepta sus errores si está todo el rato afirmando «aquí metí la pata»? ¿Quien no ha reflexionado lo suficiente?

¿Por qué las relaciones se sentía verticales? En la mayoría de los casos, nunca era tratada de igual a igual. Conmigo no se hablaba, con la excusa de «es que tenemos miedo a hacerte daño». Hablar para entender es muy distinto que hablar para criticar. Y para poder hablar con alguien y entender lo que dice, hay que saber escuchar. Escuchar a alguien es darle el permiso de expresarse sin miedo, sin juzgarla, sin dictar su moralidad, su voluntad, sus intenciones. Sin acusarla. «Eres egoísta», «no piensas en los demás aunque lo digas», «tu realidad está alterada», «solo quieres beneficiarte tú», «eso son excusas». Hablar era una sensación constante de «aleccionamiento» (odio esa palabra). Un esfuerzo constante por dividir lo que soy y lo que pienso. Y siempre la misma respuesta «tienes que aceptar que lo que haces está mal»… Como si fueseis poseedores de la verdad absoluta, donde solo vosotros podíais decidir lo que estaba «bien» y lo que estaba «mal». Como si las categorías morales no fuesen subjetivas, matizables y distinguibles. Como si la realidad no fuera, en sí misma, subjetiva. Como si desconociera las normas.

Lo siento, nunca he sido ignorante, pero la legalidad no es la moralidad y tener una opinión no te hace mágicamente inconscientes de los límites (legales Y morales).

Construí una coraza para protegerme de la constante fiscalización de mi conducta. Y luego os preguntabais por qué me defendía siempre. Incluso cuando no hacía nada mal, se buscaba el mínimo fallo. Una percepción equivocada, una palabra inadecuada, un matiz inválido. ¿Quien no ha hecho crítica? He llegado a hacer tanta crítica y a revisar tanto mi comportamiento que he llegado a la conclusión de que la dinámica era siempre la misma. Y yo estoy cansada de defenderme. De vivir guardada, contenida, fuerte y resiliente. Estoy cansada de ir por la vida con el escudo por delante, porque es lo único que he podido mostrar ante la constante invalidación y la invisibilidad percibida.

Fueron casi 10 años de convivencias comunes. De quedadas a jugar juegos de mesa, de casas rurales, de cumpleaños, de bodas y celebraciones, despedidas de solteros, de complicidad, de grupos y llamadas hasta las tantas, karaokes, anécdotas compartidas, conciertos, viajes (Málaga, Alemania…) e incluso intimidades que no salieron nunca por mi parte (los traumas de una, la relación con su padre de otra, los miedos a viajar, a quedarse sola, a ser el centro de atención, la ansiedad por el trabajo). Todo relegado a un «no fui honesta» o un «para mi nunca fuiste más que una simple conocida»… O peor, un «ahí te mueras». Juré que movería cielo y tierra por esa persona, que era mi rosa de los vientos, que era mi guía, mi Nana. ¿Y ahora qué? ¿En qué ha quedado todo? Más de 10 años compartidos que se han visto reducidos a cuatro conversaciones mediante chats, abandono activo de una persona en crisis y una agresión verbal que nadie estuvo dispuesto a rechazar.

No más. De los puentes tendidos ya no quedan ni cenizas. La reparación no va a llegar nunca para mi, pero como cualquier duelo, se transita. Me llevará tiempo colocar esta herida en mi y «pasar página». Y volveré adelante y atrás constantemente, preguntandome por qué lo permití durante tanto tiempo o cómo volver ahí. Si me merecía tanto sufrimiento, si me merecía no ser vista en mi peor momento, si me merecía una conversación empática. Si alguna vez alguien pensará que se equivocó conmigo. Si alguien se arrepentirá de lo que ocurrió. Si alguien piensa que realmente me cuidó cuando más lo necesitaba.

Un paso adelante, dos atrás, tres adelante… Y así acomodando el dolor en mi interior, en algún espacio que me permita vivir.

Qué decepción, qué desengaño, que absurda melancolía.

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