Quien quiera leerlo que lo lea

Lo haré público para quien lo quiera.

Desde que reconocí que tenía un problema, todos los días han sido más malos que buenos. Y antes había día buenos, días muy buenos. También días muy malos. Pero desde hace un mes, los días han sido más malos que buenos. Y cada día peor. Me llegan mensajes, gente aclamando la positividad, el buen rollo y las buenas energías. Gente demostrandome ser más feliz si estoy lejos, que solo doy problemas, que no aporto nada bueno a la vida de nadie. Que soy inútil para todo el mundo. Gente que pone malas caras al estar conmigo, gente que pone malas caras al hablar conmigo, gente que me ignora.

Loca, paranoica, enferma.

Todo esto no pasaba cuando lo ocultaba (o, mejor dicho, cuando no lo reconocia). La gente me decía «madura», la gente me ignoraba en mis días malos y, en los buenos, todo estaba bien. Pero no me despreciaba. No sentía este rechazo constante. Y cuanto más haces porque te comprendan, peor. Cada vez más apartada, más ignorada, más excluida. «Más».

Ahora mismo no sé cómo tomarme las cosas. A veces me siento caer de vuelta al pozo, y no encuentro la forma de no resbalar de ese bordillo. Me dicen que de tiempo, y por más que intente explicar que el puto tiempo juega en mi contra, no lo comprenden. Y cada día, cada pensamiento que tengo, me hunde un poco más, me empuja un poco más. Y siento que caeré otra vez. Tengo grabado «Never Surrender» en mi piel, pero creo que ahora mismo…. quiero rendirme. Rendirme y dejar de existir.

Había gente que me mantenía de pie. Había gente que hacía que las cosas fueran más fáciles. Había gente por la que existir merecía la pena. Me aparté de esa gente y ahora todo se ha vuelto más y más difícil. Todo cuesta arriba. Cada vez se vuelve más autodestructivo

 

Tiempo. Juegas en mi contra.

 

 

Quise no llorar.

Y no lloré.

Me prometí no llorar.

Y no lloré.

Quise no sacar el tema. Obvié los hechos. Los ignoré. Hasta el abrazo final.

Y aún así no lloré.

Hasta que arrancamos el coche y lancé una última mirada.

Quise no llorar.

Aunque las lágrimas fueron difíciles de mantener.

Y lloré.

Fueron 4 lágrimas en silencio, ocultas tras mis gafas de sol. En la soledad de un asiento trasero. Qué complicado se volvió todo de repente. Lo que parecía fácil, se volvió difícil en un último abrazo.

Me prometí no pensar en ello.

Siento que en algún momento me rompí. Queriendo ser fuerte. Queriendo ser «independiente». Me rompí en mil pedazos. De repente me vi sola. De repente me llenaron mil pensamientos negativos. De repente me volví débil. Sentí que no podría con nada. Sentí que mis fuerzas se quedaban en Móstoles. Que los estudios se me venían grandes. Que los examenes se me venían grandes. Que el mundo se me venía grande. Que la vida se me venía grande. Que no merecía la pena.

 

Me prometí decirle al miedo adiós.

Intentar pensar en positivo (mientras pueda). Intentar mantener las energías (mientras pueda). Porque ahora podré tener 4 pensamientos negativos y alejarlos de mi mente. Porque ahora estoy muy ocupada para pensar. Pero dentro de un mes, todo será más difícil. Dentro de un mes, todo será más real.

Me prometí no hablar del tema. Y no hablaré.

Que todo siga su camino, que todo siga su curso. Que lo que tenga que ser, que sea. Que lo que tenga que pasar, que pase. Que la vida cambie, que la vida dé giros inesperados que me cojan por sorpresa. Que todo se caiga al vacío, o que sea yo la que se cae.

Sigamos.

«Y de repente apareces tu
Mientras me hablas hago que estoy dormida»

 

Carta a mis fantasmas

Queridos fantasmas:

Algún día dejareis de joder. Algún día dejareis de doler en mi alma, de pesar en mi pecho, de llenar mi cabeza. Algún día dejareis de amargarme las noches, de joderme los días, de nublar mi mente y mi visión. Algún día dejareis de empañarme los ojos y de hacerme nudos en la garganta. Algún día dejareis de hacerme temblar. Algún día me dejareis respirar.

Algún día tendré el suficiente valor como para mandaros a freír espárragos y deciros que vayais a joder a otra parte.  Algún día sabré ver y entender todo lo que pasó. Y podré verlo desde otra perspectiva.

Pero de momento, no puedo. Aún no es el momento.

Hasta la próxima, Irene.

Fobia Social

Hoy quiero hablar de un problema que hace mucho que padezco y que a veces me impide hac una vida «normal». Se trata de la fobia social. Tengo MIEDO a estar en grandes grupos de gente, en fiestas con mucha mucha gente.Me agobia estar allí y no sentirme útil, y no hacer nada útil. Tengo miedo a meter la pata, a decir algo y cagarla, que a alguien le sienta mal. Caerle mal a la gente por mis «ocurrencias» o estupideces.

Me agobian las grandes multidudes. Un concierto, una calle abarrotada, cualquier situación en la que me vea rodeada de gente resulta agobiante para mi. Siento que me quedo sin aire, que tengo la necesidad de salir. En realidad, es en estas situaciones donde mi fobia social se manifiesta realmente. Lo paso mal. Soy capaz de estar en una fiesta, soy capaz de estar con un grupo de gente hablando (luego mi cabeza le dará mil vueltas), pero siento PÁNICO a los sitios llenos de gente. Me vuelvo loca buscando una salida, un hueco con menos gente, un sitio donde poder respirar. Solo imaginarme entre una gran multitud, mi cuerpo empieza a hiperventilar y angustiarse. Esto tiene un nombre: enoclofobia. Miedo a las multitudes.

Dicen que alguna de las razones para esta fobia es la timidez. Pero… ¡Yo no soy tímida! A mi no me importa hablar por teléfono cuando tengo que hacerlo. A mi no me importa relacionarme puntualmente con desconocidos. Es cuando empiezo a relacionarme con un grupo o con determinadas personas, cuando empiezo a entrar poco a poco en grupo, cuando me llegan los pensamientos negativos, cuando me empiezo a agobiar, a sentir juzgada, a pensar «¿estoy haciendo lo correcto?», «¿está bien lo que hago?», «¿qué pensarán de mi?». Y el miedo a meter la pata. Y, finalmente, cuando meto la pata (o creo que meto la pata), no dejo de darle vueltas y vueltas y empiezo a sentirme mal. Y entonces me digo «nunca más», y la proxima vez se me hace más difícil intentarlo, integrarme. Y vuelvo a intentarlo, y vuelvo a meter la pata. Siempre acabo metiendo la pata.

El otro día quedé con unas personas para hacer un reportaje. Por lo pronto, nada más llegar me hicieron actuar. Unas chicas me cogieron por banda y ala. Y a mi que me da miedo salir delante de una cámara, lo hice sin pensarlo.»¡Prueba superada!», me dije. Luego me invitaron a un café. Sin problemas, no tomo café, pero subimos a casa de Ana a tomar algo mientras esperabamos a que otra chica trajera a sus perras e ir a dar un paseo por el monte. Ya en el monte, con sus perros, las cuatro chicas que allí estaban, me empecé a agobiar en ocasiones. Me preguntaba si de verdad estaba bien, si «encajaba» allí. Me contaban cosas que yo desconocía, hechos pasados. Y me sentía una intrusa. Siempre me siento una intrusa.

Y luego me dicen que deje de suponerme menos que el resto el mundo… Después de días sin tener mi propio espacio personal. Después de días sin tener un hueco para respirar,entre reportajes, rescates, salidas a Vigo… Después de días sin estar «sola». Incluso cuando más sola estoy, por las noches, me sentía acompañada. ¿Cómo no voy a suponerme menos que el resto?  He estado rodeada de gente estupenda. ¿Como no voy a suponerme menos que el resto? ¡Si con estar al lado de gente tan grande ya tiemblo! ¡Si cuando ellos no piensan en otras cosas que hacer el bien, yo solo pienso en mi misma y en mi pequeñez! Si intento integrarme, pero cuanto más lo intento, mi cerebro más negativo se vuelve. Siento que tengo demasiado ego, que pienso demasiado en mí, e intento reducir ese ego. Y me vuelvo pequeña.

Últimamente me estoy esforzando. Esforzando por ser otra persona. Esforzando por vencer estos miedos. ¿Hay que hacer un reportaje? ¡Voy! ¿Hay que salvar a una perrita de la calle? ¡Voy! ¿Cuantos somos? 40. ¿Qué más da? Pero luego lo pienso y pienso en todas las tonterías que habré escrito en el chat y me pregunto qué opinión tendrá la gente de mi. Y me empiezo a agobiar. A través de una pantalla me siento segura, pero en persona… Hoy por fin tenían a la perrita y fui a cubrir el turno que ya tenía asignado para vigilar la jaula trampa. Empezó a llegar gente y gente a verla (normal! Están en su derecho!). Yo quería esperar a que la jefa llegara a buscarla. Pero fui incapaz. Me pregunté… ¿para qué? ¿Para qué voy a estar aquí mirando como hacen los demás? Solo seré un estorbo. Y me fui. 15 minutos despues llegó la jefa, pero yo ya no estaba. Me perdí la emoción del encuentro… pero es que había TANTA gente…tanta gente que solo había ido a ver a la perrita, a «cotillear», como dijo una compañera (sin mala fe), que me agobié. ¡Y eran poco más de 10 personas! De repente cayó sobre mí todo el peso de la socialización.

Y ahora, cuando he tenido un rato para pensar, ahora que las cosas se han calmado… Por una tontería me ha dado un ataque de ansiedad . Que ni siquiera sé qué tontería fue, porque fue un pensamiento que se me cruzó por la cabeza y a los 2 segundos ya no me acordaba del pensamiento, pero la ansiedad se había instalado en mi pecho. Y escribo esto aún con la ansiedad instalada en mi. Y debería estar aliviada. Se acabaron los compromisos sociales (espero), al menos por un tiempo! Y sin embargo, ahora mismo solo me siento ansiosa y agobiada. Como si todas las tareas pendientes, todo lo que tuviera que hacer, me viniera ahora a la mente. Como si el tiempo no me diera para nada.

Apufff…. La buena noche me espera.

Pesadillas

Hay días en los que no puedes más. En los que todo se hace cuesta arriba. En los que te agotas pensando en aquello que no deberías pensar. Basta una pesadilla, un mal sueño, y todo parece volverse interminable. La noche… la noche parece no tener fin.

Fue tan simple como otro viaje. Otro Londres en otra cosa. La misma persona, como por obligación. Estaba allí, porque tenía que estar. Pero ya no era ella. Ya no era yo. Ya no eramos nosotras. Y aún a pesar de ser un sueño, parecía tan real, y la realidad era tan dura, que el dolor se apoderó de mi. Otra vez.

Llevo dos días pensando… qué hice. Qué hice en esos dos años en los que no estuve, para que todo terminara así. Llevo dos días pensando en esa estúpida necesidad de hablar las cosas, de aclararlas, de solucionarlas. Esa estúpida idea de volver atrás, de recuperar lo perdido. Llevo dos días sin ser capaz de ver más allá de aquello que tenía y ya no tengo. Tres años no fue suficiente tortura, que las pesadillas aún siguen torturandome.

He tenido todo tipo de pesadillas al respecto. Al principio, eran pesadillas llenas de odio y temor, ambas sensaciones por igual. Pesadillas en las que me encontraba con esa persona y lo único que quería era pegarle puñetazos hasta reventarla. Tenía tanto miedo de mi misma que evitaba por todos los medios cualquier situación en la que pudiera encontrarme con esa persona, por el miedo a mi reacción. Una vez soñé que la perdía para siempre. Creo que esa pesadilla fue un reflejo de la situación que estaba viviendo, donde unas personas ajenas a mi la convencían para alejarse de mi. En ese sueño, fue para siempre. La vi caer desde una azotea, delante de mi, motivada por sus nuevas amigas. Es como si mi subconsciente me estuviese avisando de lo que pasaba. Que alguien por detrás, alguien ajeno a mi, estaba convenciendola para que no volviera a hablar conmigo nunca más… y lo consiguieron. Ese día me desperté muy alterada a las 4 de la mañana, fui incapaz de dormir de nuevo y le mandé un mensaje. Me llamaron loca, pero nadie va a entender nunca lo que sentí en ese momento. Creo que ese momento fue en el que la perdí para siempre.

Primero fue el odio. Odio a todos. A los antiguos amigos, a sus nuevos amigos, a ella y a su círculo. Me alejé. Me alejé de todos. Pero no puedes odiar eternamente. Quise hablar con ella, y en realidad nunca llegué a hacerlo. Nunca quiso. Y eso dolió. Y duele. El no haber hablado con ella, el no poder haber acabado las cosas bien, es lo que más duele. El no saber una razón exacta, el no tener unas palabras de su boca. Ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que la vi, la última vez que hablé con ella en persona, la última vez que las cosas estuvieron «bien». Ni siquiera me acuerdo.

Lo único que me quedan ahora son las pesadillas y los recuerdos. Los buenos recuerdos. Un viaje a Londres, una historia mal contada a través de mensajes en un autobús, de conversación de skype y documentos txt. Muchas horas muertas, muchas canciones escuchadas, mucho tiempo pasado que parece que ya no existe (y que nunca existió). ¿Acabarán algún día? ¿Acabará algún día esta tortura? ¿Alguien me ayuda a avanzar? A veces se hace tan cuesta arriba…. que duele. Agota tanto. Y a veces no puedo sola contra esto. No siempre somos tan fuertes como nos imaginamos.

The Great Gatsby

Hará como tres años que vi esta película por primera vez. Mi vida por aquel entonces parecía desmorarse, caerse a pedazos, romperse en mil cachitos para nunca volver a ser la misma. Miraba al pasado pensando que algún día todo volvería a ser como era antes, pensando que cada paso que daba era para intentar volver a una felicidad anterior. Pensaba que había hecho un montón de cosas por mucha gente, para hacerlas felices, y pensaba que así era feliz yo. Hacía quedadas en mi casa, pensando que eso era lo que quería la gente, venir a mi casa y pasarlo bien. Y pensaba que todo lo que organizaba era por ellos, y que de alguna forma… debían agradecermelo. Pensaba que la gente era una desagradecida.

 

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Desde que conoció a Daisy, toda la vida de Gatsby gira en torno a un futuro con ella. Todo lo que hacía, todos los pasos que daba, todas las fiestas, el dinero que ganaba, todas sus acciones giraban en torno a ella. Todo por la esperanza de volver a estar juntos. Esperanza.

Pero todo se tuerce y se retuerce. Los caminos se ramifican y los sentimientos se complican.  Gatsby quiere que Daisy dejé a su marido y a su hija y se vaya con él, que pretenda que nunca llegó a amar a Tom. Y no puedes forzar a nadie a mentir. Y así, forzando situaciones, todo se va despedazando. Todo el sueño de Gatsby, resquebrajado sin que él mismo lo sepa. Y hasta el último segundo, sigue esperando esa llamada, que para él nunca llega.

El final de la película nos muestra como, a pesar de todo lo que hizo, a pesar de todo lo que ofreció a la gente de manera altruista, a pesar de todo lo que amó, a pesar de toda la pasión que puso en todo lo que hacía… A pesar de todo eso, su único y verdadero amigo, su fiel compañero, siempre fue Nick. El final de la película nos muestra lo desagradecida que puede llegar a ser la gente, la superficialidad de la sociedad. Al final, Gatsby murió solo.

Ese día lloré. En cuanto acabé la película me puse a pensar acerca de todo, todo lo que me pasaba en ese momento, todo lo que había hecho por otras personas y todo lo que esas personas me habían dado a cambio, todo lo que esas personas habían no hecho por mi.

Quizás mi problema (y el de Gatsby) es que esperabamos algo de la gente. Esperabamos esa reciprocidad, que los demás pensaran en nosotros. Esperabamos que esas personas tuvieran todo eso en cuenta. Esperabamos que nuestros actos sirvieran para algo, cuando a veces no sirven para nada. Quizás nuestro problema era ese, que esperabamos. Confiabamos en la gente. Confiabamos en que la gente sería considerada. Yo pensaba que me debían algo, que tenían que hacer algo por mi. Pero… no puedes forzar a nadie a mentir.

Ese día me oculté entre los brazos de esa persona y lloré. Y me pasé media hora llorando, hasta que conseguí calmarme, hasta que mis pensamientos dejaron de ser tristes y se convirtieron otra vez en rabia. Esa rabia que me acompañó durante tanto tiempo

 

A quien te dejó marchar

Entrada sacada del blog Compartiendo macarrones, a través de Eva Cp en Facebok

Leí una vez, que cuando no podemos expresar nuestros sentimientos porque las palabras se agolpan en la garganta, cuando no nos va a escuchar quien tiene que hacerlo o cuando, simplemente, es mejor quedarse en silencio, lo mejor es escribirlo. Y funciona. Me funcionó en su momento. Hoy, me he visto reflejada en las pupilas de un desconocido y me he reconocido, tiempo atrás, en una situación similar. Por ello, he escrito estas letras. Para todas aquellas personas que necesitan decirse algo a sí mismas y a alguien en especial.
No se trata de rencor, no se trata de querer y no poder. Que no queremos cambiar nada y de nada serviría poder hacerlo. Simplemente, se trata de leer estas palabras, y sobre todo, de que alguien las lea. Porque en algún momento de tu vida, alguien te dejó marchar, y aunque haya llovido bastante desde entonces y sus huellas se hayan borrado por completo, de vez en cuando, recuerdas que un día alguien te dejó marchar. Y hoy, simplemente, quieres darle las gracias porque sin él, o sin ella, y esos días grises, hoy todo sería diferente. Por lo que, a quien nos dejó marchar le doy las gracias, por habernos construido.
Hubo días malos. No vamos a fingir que no ha sido así. Hubo días muy malos. No sé si los hubo para ti, me imagino que sí. Cuando algo se acaba, aunque una de las partes esté totalmente convencida, siempre duele. No porque tengamos alguna duda, ni porque no lo deseemos, sino porque en algún momento, cuando todo comenzó, pensamos que el final no llegaría nunca. Y sin embargo, llegó, porque todo acaba, de una manera u otra.
Pero también hubo días buenos. En los que comparas, y te das cuenta de que tal vez es mejor así. Y que, probablemente, hubiera sido mejor así desde hace más tiempo del que queríamos creer. Que nos aferramos tanto a algo, simplemente por rutina o por comodidad, que olvidamos todo lo bueno que nos estamos perdiendo. Y me resulta sorprendente, cómo una persona puede cambiar por su pareja, moldearse hasta perder su esencia y volverse en blanco y negro, perder todo el color.
No te deseo nada malo, de hecho, espero que encuentres el amor y, que esta vez, no tenga punto final. Digamos que este es momento “Someone like you” de Adele pero, bromas aparte, has de saber que no hay aversión en mis palabras. Que, simplemente, las cosas no siempre salen como queremos. Que esa frase de “no eres tú, soy yo” tiene más sentido de lo que queremos creer. ¿Que qué pasó? La vida. De nada sirve estar con alguien por pena o compromiso, simplemente es alargar lo inevitable. Has de saber también, que las cosas se pudieron hacer mejor, pero que tampoco es fácil. Que los hechos se van desencadenando un poco al azar y otro poco con la mala suerte.
No lo sé. No sé qué pudimos haber sido. Y ahora, la verdad, no me importa. Me importó en su momento, y esa idea rondó por mi cabeza hasta que mi imagen de ti se difuminó y se perdió entre mis recuerdos. Porque, si algo tengo claro, es que siempre permanecerás ahí, en alguna parte de mi memoria, como alguien especial. Que si nos encontramos, no quiero que actuemos como desconocidos, porque si algo duele realmente es fingir que algún día no fuiste importante para mí.
Pero alguien ocupó tu lugar. No tiene por qué ser una pareja. Tal vez fue una amiga, un amigo, tal vez un familiar, un compañero, un hobby. Y, obviamente, alguien ocupó el mío. Y así es como ha de ser, no quiero huecos vacíos en ningún corazón. Pero también tengo que decir, a quien me dejó marchar, que es una decisión con la que tendrás que cargar el resto de tus días. Que puedo prometerte, que jamás encontrarás alguien como yo, al igual que estoy segura que nunca conoceré a nadie como tú. Porque todos somos únicos, inigualables, especiales desde los pies a la cabeza. Que nadie te volverá a mirar con los mismos ojos, ni te sonreirá de la misma manera. Que nadie volverá a hacerte reír del mismo modo. Ni a hacerte llorar. Y tal vez, en algún momento, cuando creas que me olvidaste, alguien pasará a tu lado con mi perfume y durante unos segundos volverás tiempo atrás. Y pensarás. Pensarás en mí.
¿Sabes qué creo? Que un día cualquiera, una mañana cualquiera, después de un tiempo, te despertarás con alguien a tu lado y te darás cuenta de que me echas de menos.
Hay historias que nunca acaban pero, del mismo modo, hay otras que nunca llegaron a empezar. Te deseo lo mejor a ti, y a quien te dejó marchar, por hacernos libres.

Estúpidas pesadillas que siempre vuelven. Una y otra vez.

Pesadillas en Noviembre (Abril – La fuga)

Esta canción me recuerda a mi propias pesadillas.

La fuga – Abril
http://www.youtube.com/watch?v=Y2s3slO20HY&w=420&h=315

 

¿Dónde vas metida en ese viejo abrigo gris? Si nadie espera en la casa, ¿para qué llegar?
Sin rumbo, aburrida, cansada de trabajar 

¿Dónde están los buenos amigos que nunca se iban a ir?
¿Los besos que por la noche te hacían volar?
¿Los labios que siempre decían sí?

Maldito abril, maldito abril, maldito abril.
Solo viene a recordarte que ya no eres feliz.

¿Dónde vas?
Cruzas, sin prisa, las calles de tu barrio gris.
El príncipe azul fue marrón y no quiso llamar:
Ahora, el espejo escupe toda la verdad.

¿Dónde están las noches sin pastillas para dormir?,
¿Las penas que solo eran penas para los demás?,
¿La colección de promesas por cumplir
Y así, sin más, fue mi pesadilla. 

No podemos salvar a nadie.

¿Por qué no podemos salvar a nadie? A veces tenemos que asumir que las cosas son así, afrontarlas tal y como vienen. Que la vida no nos regala nada y es la muerte la que va a ganar al final.

La muerte.

Este es un tema que siempre ha estado conmigo, con mi familia. Crecí con una sola abuela. Mi madre no tenía padres cuando yo nací, y mi padre solo tenía una madre. Mientras mis amigos y conocidos tenían una «familia feliz» e iban a comer con los abuelos, en mi familia eramos «cuatro». Y nunca tuve ningún problema, no sentí pena por ello.

Siempre piensas en la muerte como algo lejano, algo que a ti no te pasa, que no le pasa a nadie cercano a ti. Al menos eso creía yo. Hasta que me tocó vivir una de mis pesadillas. Y esas son las peores.

Ayer revivi parte de esa pesadilla. Volví a sentir su dolor, volví a sentir a la señora Muerte cerca de mi, muy cerca. Llevandose gente como siempre hace. Y no lo puedes evitar, no puedes hacer nada. Solo estar ahí, impotente, dejando el tiempo pasar, dejando que el tiempo se lleve el dolor. No lo puedes remediar.
 Recuerdos. De abrazos, de personas con las que ya no te hablas. En su momento fueron de gran ayuda. Momentos de tu vida que no se irán de tu cabeza.

Aprendes a vivir con ello. Poco a poco, a base de pérdidas, deja de afectarte tanto. Tomas la muerte como parte de la vida. Y empiezas a pensar en ella. Es parte de la vida.
¿Como te gustaría morir? ¿Donde? ¿En qué mes del año? ¿En qué momento del día? ¿Que sería lo último que dirías? ¿A quién?

A mi me gustaría morir una soleada mañana de primavera. Mayo estaría bien. Me gusta mayo. Sobre los motivos… Me gustaría morir en un accidente de tráfico. O de cáncer. Son mis dos opciones.

A algunos esto le parecerá incluso macabro y de mal gusto. Pero la muerte es parte de la vida. También hay que pensar en ella, interiorizar el concepto, hablar sin pudor. Si piensas en cómo te gustaría que fuera tu próximo cumpleaños, ¿por qué no vas a pensar en cómo te gustaría que fuese tu muerte? Es más, deberías hacerlo. Y hablar de ello.

Debo despedirme de Ella.

Este va a ser el último post de mi blog que habla de Ella, las últimas palabras, el último pensamiento.

Y creo que va a ser una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer en bastante tiempo. Pero es necesario.

Empezaré por el principio, por donde empiezan todas las historia. Primero hay que contar su historia, si no no te puedes despedir bien. No estoy triste, estoy feliz por escribir esta entrada (que sé que no leerá), por despedirme. A veces no te queda más remedio que asumir las cosas y dejar ir a las personas, porque es lo que hay que hacer. Tienes que sentirte mejor contigo misma y un adiós es una forma de hacerlo.

Todo empezó un día, en un pabellón de deportes, mientras leía (o leía, la verdad es que no me acuerdo) un libro de Harry Potter. Eso nos unió. Y todo lo demás. El anime (Detective Conan), el japonés, los comics, el manga, las películas, Harry Potter, la magia, los sueños. Todo lo demás.

A veces la cuidaba. Me quedaba a dormir en su casa. Escribíamos en una libreta. Le contaba un cuento antes de irse a dormir (y, a veces, se quedaba dormida). Y, si se encontraba mal, alguien le acariciaba el pelo. Era (y sigue siendo) como una niña, con su inocencia y sus temas infantiles. Inmadura (aunque quien soy yo para juzgar la madurez de alguien).

Todos esos eran buenos recuerdos. Ella reía y lloraba por igual. Se emocionaba. Era una persona muy sensible y empática. Quizás solo con los cercanos, y no tanto con lo que están lejos. No supimos conservar la amistad estando lejos y ahora está todo completamente… roto.

Pero así como dos personas se unen, se separan, cambian y se rompen. Quizás de manera irreparable.

El no quedar, el no poder quedar, el no confiar, el no arreglarlo, todos esos «noes», me han llevado a conocer una felicidad que no había conocido hasta ahora (bueno, hasta hace poco). Eso es positivo. El saber dar amor a alguien a quien amas. El saber compartir, hablar, tener confianza. Esos fueron, en parte, todos los regalos recibidos a cambio de muchos «noes».

A veces las pérdidas pueden (y deben) ser ganancias, un «no» dará paso a muchos «sí».

Hoy, por última vez, tomo una decisión, decido dar un «no», con la esperanza de que, en algún momento, se transforme en un «sí», en otro sí cualquiera.

¿Es necesario? Sí, por supuesto que sí.

A veces tienes que dejar de pensar en los demás, pensar un poco en ti misma. Dejar de atormentarte de lo que hacen o dejan de hacer. De si cuentan contigo o no. ¿Qué más te da? No son «amigos», no son «amigos de verdad» (o al menos, eso creo). No puedes confiar en ellos como lo harías con otras personas (ya que ellos no confían en ti). Por eso son amistades que se rompen. A veces más a menudo de lo que me gustaría.

Pero la vida sigue. Y soy feliz. Eso es lo que cuenta, ¿no? Entonces toca decir adiós. Adiós a los pesares, adiós al pasado, adiós a los problemas (aunque me lo repetiré mil veces y no lo conseguiré). Los problemas solo generan estrés, y el estrés solo genera problemas, creando un círculo vicioso que hay que romper.

Roto.