Carta a mis fantasmas

Queridos fantasmas:

Algún día dejareis de joder. Algún día dejareis de doler en mi alma, de pesar en mi pecho, de llenar mi cabeza. Algún día dejareis de amargarme las noches, de joderme los días, de nublar mi mente y mi visión. Algún día dejareis de empañarme los ojos y de hacerme nudos en la garganta. Algún día dejareis de hacerme temblar. Algún día me dejareis respirar.

Algún día tendré el suficiente valor como para mandaros a freír espárragos y deciros que vayais a joder a otra parte.  Algún día sabré ver y entender todo lo que pasó. Y podré verlo desde otra perspectiva.

Pero de momento, no puedo. Aún no es el momento.

Hasta la próxima, Irene.

No estoy tan sola.

Dos veces al mes, me permito cer en mil recuerdos. Llenarme de miedos y fantasmas, dejar que me invadan las pesadillas. Dos veces al mes me permito romper mi corazón en mil pedazos, pensando en todo lo que he perdido y en todo lo que he pasado y aguantado. Me permito serme infiel a mi misma y a mi lema «sé fuerte». El otro día, puse este estado en Facebook. Me permití caer. Me permití dejar de ser fuerte y caer. Me permití mostrarme débil ante los demás, dejar que los demás vieses (de forma pública) una de mis muchas caras amargas, de mis muchas pesadillas, de mis debilidades. Esto fue lo que puse:

«Hoy he vuelto a recordar lo que hicieron, lo buenas amigas que fueron. Y cómo la historia y los hechos las recordarán como las buenas, las víctimas. Y cómo yo fui siempre la mala. Siempre la cruel. Siempre el verdugo.

Hoy he vuelto a recordar cuando me quedé sola en un pozo y pedí ayuda a gritos. Cuando no veía salida alguna. Cuando cada vez me hundía más y más, cada vez más sola. Y hoy he vuelto a recordar cómo, tras pedir ayuda, lo que hicieron fue darme la espalda. Yo no pedía que se me comprendiese. Yo no pedía que se me entendiese. Yo no pedí quedarme sola.

Y ahora recuerdo cómo me dieron la espalda. Hecho a hecho, paso a paso, puñalada tras puñalada. Y los hechos, los datos, seguirán señalandome como la mala.

Malditas pesadillas.»

 

Odio los fantasmas. Odio tener esas pesadillas. Odio tener mis momentos de debilidad. Odio fallarme a mi misma. Pero a veces, en esos momentos de debilidad que decido mostrar, encuentro estrellas que me recuerdan que todo ha merecido la pena.

«¿Y qué? Sigue siendo «la mala» si es que lo creen que eres… A ti que te importa lo que crean?… Aquel que no se molesta en conocerte o consigue desconocerte a pesar del tiempo… ¿para qué lo quieres en tu vida?… ¿Para desmerecerte?. Cuando vuelvan las pesadillas recuérdales que tú sola, con esfuerzo pero sin rendirte, saliste del pozo. ¡Qué vayan a joder a otra cabeciña! La tuya no necesita mierdas que la bloqueen. ADELANTE PEIXIÑA!»

 

A esta persona le fallé y perdí su confianza. Y aún así, sigo recibiendo sus muchas muestras de cariño, día tras día, a cada momento. Siento que puedo contar con ella. Siento que con ella comparto historias, que con ella comparto pensamientos. Que a veces ambas nos sentimos solas entre tanta gente y que nos amparamos en la noche para estar vivas. Solo por tantas cosas, merece la pena. Merece la pena haber perdido. Merece la pena haber ganado.

 

Queridos fantasmas:

Algún día dejareis de joder. Algún día dejareis de doler en mi alma, de pesar en mi pecho, de llenar mi cabeza. Algún día dejareis de amargarme las noches, de joderme los días, de nublar mi mente y mi visión. Algún día dejareis de empañarme los ojos y de hacerme nudos en la garganta. Algún día dejareis de hacerme temblar. Algún día me dejareis respirar.

Algún día tendré el suficiente valor como para mandaros a freír espárragos y deciros que vayais a joder a otra parte.  Algún día sabré ver y entender todo lo que pasó. Y podré verlo desde otra perspectiva.

Pero de momento, no puedo. Aún no es el momento.

Hasta la próxima, Irene.

Fobia Social

Hoy quiero hablar de un problema que hace mucho que padezco y que a veces me impide hac una vida «normal». Se trata de la fobia social. Tengo MIEDO a estar en grandes grupos de gente, en fiestas con mucha mucha gente.Me agobia estar allí y no sentirme útil, y no hacer nada útil. Tengo miedo a meter la pata, a decir algo y cagarla, que a alguien le sienta mal. Caerle mal a la gente por mis «ocurrencias» o estupideces.

Me agobian las grandes multidudes. Un concierto, una calle abarrotada, cualquier situación en la que me vea rodeada de gente resulta agobiante para mi. Siento que me quedo sin aire, que tengo la necesidad de salir. En realidad, es en estas situaciones donde mi fobia social se manifiesta realmente. Lo paso mal. Soy capaz de estar en una fiesta, soy capaz de estar con un grupo de gente hablando (luego mi cabeza le dará mil vueltas), pero siento PÁNICO a los sitios llenos de gente. Me vuelvo loca buscando una salida, un hueco con menos gente, un sitio donde poder respirar. Solo imaginarme entre una gran multitud, mi cuerpo empieza a hiperventilar y angustiarse. Esto tiene un nombre: enoclofobia. Miedo a las multitudes.

Dicen que alguna de las razones para esta fobia es la timidez. Pero… ¡Yo no soy tímida! A mi no me importa hablar por teléfono cuando tengo que hacerlo. A mi no me importa relacionarme puntualmente con desconocidos. Es cuando empiezo a relacionarme con un grupo o con determinadas personas, cuando empiezo a entrar poco a poco en grupo, cuando me llegan los pensamientos negativos, cuando me empiezo a agobiar, a sentir juzgada, a pensar «¿estoy haciendo lo correcto?», «¿está bien lo que hago?», «¿qué pensarán de mi?». Y el miedo a meter la pata. Y, finalmente, cuando meto la pata (o creo que meto la pata), no dejo de darle vueltas y vueltas y empiezo a sentirme mal. Y entonces me digo «nunca más», y la proxima vez se me hace más difícil intentarlo, integrarme. Y vuelvo a intentarlo, y vuelvo a meter la pata. Siempre acabo metiendo la pata.

El otro día quedé con unas personas para hacer un reportaje. Por lo pronto, nada más llegar me hicieron actuar. Unas chicas me cogieron por banda y ala. Y a mi que me da miedo salir delante de una cámara, lo hice sin pensarlo.»¡Prueba superada!», me dije. Luego me invitaron a un café. Sin problemas, no tomo café, pero subimos a casa de Ana a tomar algo mientras esperabamos a que otra chica trajera a sus perras e ir a dar un paseo por el monte. Ya en el monte, con sus perros, las cuatro chicas que allí estaban, me empecé a agobiar en ocasiones. Me preguntaba si de verdad estaba bien, si «encajaba» allí. Me contaban cosas que yo desconocía, hechos pasados. Y me sentía una intrusa. Siempre me siento una intrusa.

Y luego me dicen que deje de suponerme menos que el resto el mundo… Después de días sin tener mi propio espacio personal. Después de días sin tener un hueco para respirar,entre reportajes, rescates, salidas a Vigo… Después de días sin estar «sola». Incluso cuando más sola estoy, por las noches, me sentía acompañada. ¿Cómo no voy a suponerme menos que el resto?  He estado rodeada de gente estupenda. ¿Como no voy a suponerme menos que el resto? ¡Si con estar al lado de gente tan grande ya tiemblo! ¡Si cuando ellos no piensan en otras cosas que hacer el bien, yo solo pienso en mi misma y en mi pequeñez! Si intento integrarme, pero cuanto más lo intento, mi cerebro más negativo se vuelve. Siento que tengo demasiado ego, que pienso demasiado en mí, e intento reducir ese ego. Y me vuelvo pequeña.

Últimamente me estoy esforzando. Esforzando por ser otra persona. Esforzando por vencer estos miedos. ¿Hay que hacer un reportaje? ¡Voy! ¿Hay que salvar a una perrita de la calle? ¡Voy! ¿Cuantos somos? 40. ¿Qué más da? Pero luego lo pienso y pienso en todas las tonterías que habré escrito en el chat y me pregunto qué opinión tendrá la gente de mi. Y me empiezo a agobiar. A través de una pantalla me siento segura, pero en persona… Hoy por fin tenían a la perrita y fui a cubrir el turno que ya tenía asignado para vigilar la jaula trampa. Empezó a llegar gente y gente a verla (normal! Están en su derecho!). Yo quería esperar a que la jefa llegara a buscarla. Pero fui incapaz. Me pregunté… ¿para qué? ¿Para qué voy a estar aquí mirando como hacen los demás? Solo seré un estorbo. Y me fui. 15 minutos despues llegó la jefa, pero yo ya no estaba. Me perdí la emoción del encuentro… pero es que había TANTA gente…tanta gente que solo había ido a ver a la perrita, a «cotillear», como dijo una compañera (sin mala fe), que me agobié. ¡Y eran poco más de 10 personas! De repente cayó sobre mí todo el peso de la socialización.

Y ahora, cuando he tenido un rato para pensar, ahora que las cosas se han calmado… Por una tontería me ha dado un ataque de ansiedad . Que ni siquiera sé qué tontería fue, porque fue un pensamiento que se me cruzó por la cabeza y a los 2 segundos ya no me acordaba del pensamiento, pero la ansiedad se había instalado en mi pecho. Y escribo esto aún con la ansiedad instalada en mi. Y debería estar aliviada. Se acabaron los compromisos sociales (espero), al menos por un tiempo! Y sin embargo, ahora mismo solo me siento ansiosa y agobiada. Como si todas las tareas pendientes, todo lo que tuviera que hacer, me viniera ahora a la mente. Como si el tiempo no me diera para nada.

Apufff…. La buena noche me espera.

Pesadillas

Hay días en los que no puedes más. En los que todo se hace cuesta arriba. En los que te agotas pensando en aquello que no deberías pensar. Basta una pesadilla, un mal sueño, y todo parece volverse interminable. La noche… la noche parece no tener fin.

Fue tan simple como otro viaje. Otro Londres en otra cosa. La misma persona, como por obligación. Estaba allí, porque tenía que estar. Pero ya no era ella. Ya no era yo. Ya no eramos nosotras. Y aún a pesar de ser un sueño, parecía tan real, y la realidad era tan dura, que el dolor se apoderó de mi. Otra vez.

Llevo dos días pensando… qué hice. Qué hice en esos dos años en los que no estuve, para que todo terminara así. Llevo dos días pensando en esa estúpida necesidad de hablar las cosas, de aclararlas, de solucionarlas. Esa estúpida idea de volver atrás, de recuperar lo perdido. Llevo dos días sin ser capaz de ver más allá de aquello que tenía y ya no tengo. Tres años no fue suficiente tortura, que las pesadillas aún siguen torturandome.

He tenido todo tipo de pesadillas al respecto. Al principio, eran pesadillas llenas de odio y temor, ambas sensaciones por igual. Pesadillas en las que me encontraba con esa persona y lo único que quería era pegarle puñetazos hasta reventarla. Tenía tanto miedo de mi misma que evitaba por todos los medios cualquier situación en la que pudiera encontrarme con esa persona, por el miedo a mi reacción. Una vez soñé que la perdía para siempre. Creo que esa pesadilla fue un reflejo de la situación que estaba viviendo, donde unas personas ajenas a mi la convencían para alejarse de mi. En ese sueño, fue para siempre. La vi caer desde una azotea, delante de mi, motivada por sus nuevas amigas. Es como si mi subconsciente me estuviese avisando de lo que pasaba. Que alguien por detrás, alguien ajeno a mi, estaba convenciendola para que no volviera a hablar conmigo nunca más… y lo consiguieron. Ese día me desperté muy alterada a las 4 de la mañana, fui incapaz de dormir de nuevo y le mandé un mensaje. Me llamaron loca, pero nadie va a entender nunca lo que sentí en ese momento. Creo que ese momento fue en el que la perdí para siempre.

Primero fue el odio. Odio a todos. A los antiguos amigos, a sus nuevos amigos, a ella y a su círculo. Me alejé. Me alejé de todos. Pero no puedes odiar eternamente. Quise hablar con ella, y en realidad nunca llegué a hacerlo. Nunca quiso. Y eso dolió. Y duele. El no haber hablado con ella, el no poder haber acabado las cosas bien, es lo que más duele. El no saber una razón exacta, el no tener unas palabras de su boca. Ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que la vi, la última vez que hablé con ella en persona, la última vez que las cosas estuvieron «bien». Ni siquiera me acuerdo.

Lo único que me quedan ahora son las pesadillas y los recuerdos. Los buenos recuerdos. Un viaje a Londres, una historia mal contada a través de mensajes en un autobús, de conversación de skype y documentos txt. Muchas horas muertas, muchas canciones escuchadas, mucho tiempo pasado que parece que ya no existe (y que nunca existió). ¿Acabarán algún día? ¿Acabará algún día esta tortura? ¿Alguien me ayuda a avanzar? A veces se hace tan cuesta arriba…. que duele. Agota tanto. Y a veces no puedo sola contra esto. No siempre somos tan fuertes como nos imaginamos.

Torako

Ilusión, incertidumbre, alegría, emoción. Suelo escribir en mi blog personal, pero hoy contaré esta historia aquí, pues la veo necesaria. Concienciar, esperanzar, expresarme.
Hace un año desapareció nuestro gato, Torako. Era un gato atigrado sin castrar, «de campo», muy mimoso con la gente pero bastante guerrillero. Varias cicatrices de pelea con otros gatos, heriditas y marcas. De vez en cuando se medía con nuestra gata. Una vez llegó a casa con una herida sangrante y tan tranquilamente empezó a comer, sin preocuparle nada. Ni le molestaba. Era un gato que iba y venía cuando quería, pero siempre volvía… hasta que un día no volvió. Pensamos que le había pasado algo, que lo había atropellado un coche, que se había peleado con otro gato o que había enfermado de repente. Y por eso no lo buscamos mucho. Si no volvió, pensamos, ya no volvería.
Domingo, 31 de Enero de 2016. 12:51 La protectora Lena Prote Animais pasa un aviso de un gato atigrado, muy manso, muy parecido al nuestro a unos 2-3kms de nuestra casa. ¿Podría ser él? La chica que daba el aviso nos comentó que era un gato casero, se notaba que había tenido dueño. Y cada vez empezamos a fijarnos más. En las fotos, en los detalles, los bigotes, las patas. Todos los gatos atigrados pueden parecer iguales, pero siempre hay algún detalle y este tenía muchas coincidencias. Teníamos… que verlo. Teníamos que estar seguros, al menos, de que era él.
Fuimos esa misma tarde por allí, pero no lo vimos. Sin embargo, le dejé el transportín a la chica, por si podía cogerlo que lo guardara. Cada vez estaba más convencida de que era nuestro gato. Un año.
Esta misma mañana recibí una llamada. ¡Lo tenía! Media hora después lo recogimos en su casa. Era él. Tenía que ser él. Solo tuve que fijarme en una cosa: una pequeña marquita en la oreja, que él tenía. Eso, el tamaño, el maullido… Todas las coincidencias. Torako, nos vamos a casa.
La alegría y la emoción del momento… No lo puedo describir. No voy a decir que durase poco (aun estoy emocionada, voy cada 5 minutos a verle). Decidimos llevarlo al veterinario. Estaba en los huesos y queríamos comprobar que estuviese bien, «sano» (dentro de lo posible). Pero el problema con cualquier macho sin castrar que esté en la calle es el mismo… Positivo. Positivo a FIV y leucemia felina (lo de la leucemia no estoy segura, pero es altamente probable). Tenemos un gato positivo. ¿Pero qué esperabamos? Sin castrar, con historial de peleón y callejerito durante un año… Lo tenía todo. Incluso es posible que se infectara antes de desaparecer, es muy posible. Tenía todas las papeletas para tener alguna de esas dos enfermedades (o las dos). Mi positivo. ¿Pero cómo te voy a dejar solo ahora que ya estás de vuelta? Un positivo no es terminal ni es un leproso! Es mi gato, es mi positivo. Lo quiero en casa, lo quiero conmigo, lo quiero cuidar y mimar y que viva lo mejor que pueda.
Momento de bajón, momento de «qué hacemos ahora?», momento de volvernos locas. De pensar. Tenemos otra gata a la que queremos un montón, ¿y si no pueden estar juntos? ¿Y si la gata también es positiva? ¿Y si..? Momento de informarse, de preguntar, de sacarse un master en FIV y leucemia a través de internet. Momento de pensar en todas las posibilidades. Momento de tomar decisiones. Momento de esperar.
Mi gato ha aparecido tras estar un año desaparecido. Es casi un milagro (para mi, es un milagro). Por eso quiero aprovechar mi muro para pedirle a todos aquellos que perdieron a sus animales, que no pierdan las esperanzas. Si mi gato pudo aparecer un año después, otros también lo harán. Sé que no es lo habitual, pero los milagros ocasionalmente existen. Y hoy he sido testigo de uno. Gracias, Eva Gey Lorenzo y a su suegra por alimentarlo durante días, por dar el aviso, por ser parte de este pequeño milagro. De verdad, muchas gracias.
Probablemente me hubiese evitado muchos disgustos de haber sabido más cosas. Si le hubiese dado importancia a la castración en machos (y no solo en hembras). Si lo hubiese buscado bien. Si no me hubiese quedado con la idea de que «los gatos desaparecen». No, los gatos no desaparecen. Los gatos se pierden. Por cualquier motivo, se pierden. Ponle chip, una chapita, castralo, cuidalo y, si no vuelve, búscalo. Desmitifiquemos el mito de que los gatos son independientes y saben volver solos. A veces se pierden. No lo condenes a la calle. No cometas el mismo error que he cometido yo.
Torako, te hemos echado mucho de menos. I missed you so so much. Pero ya estás en casa. Rellenemos esas costillitas, pasemos por el veterinario para castrarte, mejorate, ponte bueno y luego ya veremos como nos enfrentaremos a esa enfermedad. Eres un luchador, un tigre (Tora, en japonés). Creo que podrás luchar.

Arreglando el mundo desde el sofá.

Hoy…

Hoy voy a escribir. ¿Por qué? La misma razón de siempre: porque lo necesito. Siempre escribo cuando lo necesito. ¿Y por qué necesito escribir? ¿Qué necesito ahora mismo?

Necesito… Poner en orden mi mente. Buscarme de nuevo a mi misma. Encontrarme otra vez. Recuperar mis pasiones y mis motivaciones, mis hobbies, mis pasatiempos. ¿A qué me dedicaba hace dos meses? ¿Y como conseguía cumplir todos mis objetivos? ¿Como distribuía mi tiempo? Sé cual es la respuesta a todo esto, y creo saber cual es el cambio. Voy a intentar llegar a ello en esta entrada.

Pongamos en relieve lo que estoy haciendo estos últimos días: ver series, jugar al GW2 y tratar de solucionar el mundo desde mi ordenador. Esto último, especialmente, es tremendamente relevante. Parece que el mundo está patas arriba. Tengo la sensación de que ciertas personas me necesitan más que nunca (cuando no es así). Tengo la sensación de que si no estoy yo con esas personas, no va a estar nadie más (cuando no es así). Me siento imprescindible (cuando no es así). Demasiadas veces me han repetido ya en estos dos últimos meses las palabras de «necesito hablar contigo», «te necesito», «necesito que me hagas un favor». Y yo, a veces, tonta de mi, caigo en la trampa de las palabras. Una trampa que es mi debilidad, que siempre ha sido mi debilidad. Me atrapa y me pierdo en el tiempo.

No malinterpretemos: no me importa perder el tiempo con amigos que me necesiten de verdad. con amigos que nunca me han pedido nada y que, cuando me lo piden, sé que de verdad necesitan que les eche una mano. No me importa perder el tiempo cuando mi bicho está pasando por un mal momento. No me importa perder el tiempo intentando ayudar a una amiga. Pero ya he perdido demasiado tiempo. He desperdiciado demasiadas palabras y demasiadas energías. Y no es culpa de nadie, solo que necesito recuperarlas. Necesito recuperarme a mi misma.

¿Qué he dejado de hacer estos últimos días? He perdido parte de mi esencia. Ya no crocheteo, ya no leo libros, ya no estudio. Lo más importante, siempre al final. He dejado de estudiar. Llevo casi dos meses sin estudiar, y me siento inútil. Siento que estoy perdiendo el tiempo. Siento que no sirvo para nada. Y cuando he intentado retomar el estudiar, ha sido un fracaso. Leía una página y mi concentración se desperdigaba. Estudiaba un tema y me quedaba dormida.

He dormido mucho estos últimos días. Y luego me acostaba tarde, viendo alguna serie (o solucionando el mundo desde mi ordenador). 2.00, 2.30, 3.30, 4.00. Y luego me levantaba temprano (10.00, 11.30…), cansada por no haber dormido lo suficiente, y haber dormido mal. Agobiada, con pesadillas. Y al rato volvía a la cama, me echaba una «siesta». Y vuelta al ciclo insano. Al ciclo insano de dormir mal, de no hacer nada, de la improductividad y del agobio. De las pesadillas circulares. De los pensamientos inadecuados.

¿Como he intentado solucionar esto? Pues, de nuevo, arreglando el mundo desde el sofá. Buscando alternativas. «Voy a dejar esta asignatura porque no me da tiempo». «Solo me presentaré a dos examenes». «El curso que viene haré un FP mientras continúo la carrera, así tendré una rutina, me motivaré más». «Al final mejor llevo este cuatrimestre para Septiembre, sé que puedo». Y así.

Así funciono yo. Siempre he funcionado así. Cuando no consigo arrancar, dejo cosas por el camino, voy soltando «lastre». ¿Que cinco asignaturas son muchas? Pues dejo una. ¿Que veo que esta forma de estudiar me cansa? Pues la cambio. ¿Que veo que este tema se me complica? Pues lo dejo, total no creo que entre (JA!).  ¿Que no me apetece hacer apuntes de esta asignatura? Pues los bajo de internet.
MAL. MAL, IRENE. Así no se aprueba. Y menos en mi universidad. Y lo sabes. Deberías haber aprendido del curso pasado.

Pero… se acabó.
Se acabó eso de arreglar el mundo desde la pantalla del ordenador. Se acabó el ponerse excusas. Se acabó el acostarse tarde. ¿Quieres ver series? Míralas en otro momento. Se acabó el desaprovechar la mañana. En cuanto coja horarios normales me pondré a estudiar. No más siestas a deshora. No más charlas hasta las tantas de la noche. No más pesadillas por cosas que no puedes solucionar en estos momentos (ni nunca). Ni con nada. Tienes dos semanas para prepararte un examen. No puedes fallar, tienes que seguir y no detenerte. Tienes que pensar en ti. No eres imprescindible (nada es imprescindible, mas todo es importante). Los demás no te necesitan.. Les importas, pero no te necesitan. 

Es hora de coger el toro por los cuernos y dejar de lamentarse. Venga, tú puedes, chica! Sé que puedes. Confío en ti... porque nadie más va a confiar en mi misma tanto como yo. Sé de lo que soy capaz, solo tengo que demostrarle a los demás (y a mi misma) que soy capaz de ello. Y que no se diga que no lo he intentado.

Autosuficiente – Jpelirrojo y Curricé

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=EFBb6iJrcAU&w=560&h=315]

[Curricé]He podido ser más grande pero no gracias a mí
He querido usar el plan «B» por el «A» cuando sufrí
He sabido qué es el hambre cuando no pude escribir
Y con nubes o sin ellas he visualizado el fin

Todo marca, más o menos, pero deja cicatriz
La ansiedad me aprieta fuerte cada vez que quiero huir
Y no puedo decir que he sido de los mas afortunados
En los dados… Pero si cuando te conocí.

Si me enciendo otro pitillo no es por ti
Es por nicotina, que vuelve a sobrevivir
Y vuelvo a no ser feliz, por instantes cambio el chip
Pero si abro bien los ojos sale solo sonreír
 
Recoloco prioridades por cada nuevo tapiz
Retrocedo, no por miedo, sino por poder vivir
Cada pisada embarrada en los fallos que tracé con lápiz
La tortura se esconde bajo el barniz

Donde me sentí maestro veo que soy aprendiz
Derramando sentimientos solo muestro ser mas débil
Tempestades inculcan en mí ser mucho más fíio
De cabeza… ¿Y el corazón? Mejor entre rejas
 
Con arcadas de falsedad no vas a arreglarlo
Te crees que me tienes ganado y te tengo calado
Solo guardo y guardo y guardo cada detalle…
Para cuando te arrepientas será tarde


Y no quiero tener nada que no sea mío
Yo solo quiero ser auténtico conmigo mismo
Poder saber que he sido sincero en mi camino
Poder volver y ver que yo elijo el destino
 

[JPelirrojo]Lo hago a mi manera y así sé donde piso
Finjo tener un plan pero en realidad improviso
Trabajo sin descanso para poder descansar
No sé cuando, no sé cómo, mas sé que voy a llegar

Cada tiro que fallo me acerca un poco a la diana
No sé cuantos tiros quedan y la ansiedad se dispara
Cada bala disparada es un peldaño menos
Creo en los dados pero creo que los movemos
 
Dionisio me persigue, hace que dude de mí
Pero Apolo se hace fuerte si miró a través de ti
Si busco felicidad implica que no la tengo
No me busco a mí mismo y por eso me encuentro
 
Mis principios varían, dependen de la situación
Cambian las circunstancias y cambia mi visión
Demasiado maquillaje en tu cara y tus palabras
Puede que a mí sí pero a ti mismo no te engañas

Me escondo con la máscara más pequeña del mundo
¿Ser un rey tartamudo porque todo el mundo es mudo?
¿Es cada reacción una nueva decisión?
Fríos pensamientos, tiempo y situación

Ser autosuficiente donde nada es suficiente
A veces la realidad cambia si cambias la lente
Nada es imprescindible pero todo es importante
Mas no existe el amor si no existe el amante

Y no quiero tener nada que no sea mío
Yo solo quiero ser auténtico conmigo mismo
Poder saber que he sido sincero en mi camino
Poder volver y ver que yo elijo el destino


Y no quiero tener nada que no sea mío
Yo solo quiero ser auténtico conmigo mismo
Poder saber que he sido sincero en mi camino
Poder volver y ver que yo elijo el destino

Odio

Es extraño como la gente puede colarse en tus sueños, cambiarte la vida sin preguntar, entrar sin llamar y decir «ey, aquí estoy».

Y sabes que con esa persona nunca has tenido una relación… normal. Que siempre ha sido un ir y venir, un constante «te echo de menos». Y cuando llega, se va. Un día al mes, dos. No más conversaciones.

¿Ahora mismo? Me siento confusa. Confusa por un sueño (y no «sueño» como algo idílico, sino como aquello que imaginas cuando duermes). Porque mi corazón a veces late por intentarlo. Y mi mente dice «no». Porque quiero a otra persona.

Amores platónicos.
¿En qué momento te di permiso para entrar -de nuevo- en mis pensamientos? Ahora mismo, te quiero lejos.

No podemos salvar a nadie.

¿Por qué no podemos salvar a nadie? A veces tenemos que asumir que las cosas son así, afrontarlas tal y como vienen. Que la vida no nos regala nada y es la muerte la que va a ganar al final.

La muerte.

Este es un tema que siempre ha estado conmigo, con mi familia. Crecí con una sola abuela. Mi madre no tenía padres cuando yo nací, y mi padre solo tenía una madre. Mientras mis amigos y conocidos tenían una «familia feliz» e iban a comer con los abuelos, en mi familia eramos «cuatro». Y nunca tuve ningún problema, no sentí pena por ello.

Siempre piensas en la muerte como algo lejano, algo que a ti no te pasa, que no le pasa a nadie cercano a ti. Al menos eso creía yo. Hasta que me tocó vivir una de mis pesadillas. Y esas son las peores.

Ayer revivi parte de esa pesadilla. Volví a sentir su dolor, volví a sentir a la señora Muerte cerca de mi, muy cerca. Llevandose gente como siempre hace. Y no lo puedes evitar, no puedes hacer nada. Solo estar ahí, impotente, dejando el tiempo pasar, dejando que el tiempo se lleve el dolor. No lo puedes remediar.
 Recuerdos. De abrazos, de personas con las que ya no te hablas. En su momento fueron de gran ayuda. Momentos de tu vida que no se irán de tu cabeza.

Aprendes a vivir con ello. Poco a poco, a base de pérdidas, deja de afectarte tanto. Tomas la muerte como parte de la vida. Y empiezas a pensar en ella. Es parte de la vida.
¿Como te gustaría morir? ¿Donde? ¿En qué mes del año? ¿En qué momento del día? ¿Que sería lo último que dirías? ¿A quién?

A mi me gustaría morir una soleada mañana de primavera. Mayo estaría bien. Me gusta mayo. Sobre los motivos… Me gustaría morir en un accidente de tráfico. O de cáncer. Son mis dos opciones.

A algunos esto le parecerá incluso macabro y de mal gusto. Pero la muerte es parte de la vida. También hay que pensar en ella, interiorizar el concepto, hablar sin pudor. Si piensas en cómo te gustaría que fuera tu próximo cumpleaños, ¿por qué no vas a pensar en cómo te gustaría que fuese tu muerte? Es más, deberías hacerlo. Y hablar de ello.

Tú.

A veces me pregunto qué hace de ti ser quien eres. Qué te impulsa a tirar de todo aquello que te apasiona. ¿De dónde sacas toda esa energía? ¿De dónde sacas toda esa amabilidad? Esa empatía, que a mi tanto me falta. ¿Y de donde sacas toda esa fuerza? Para afrontar las cosas de una manera que yo no soy capaz. A veces me siento muy débil.

Sin embargo, puedo sonreir. Y es que lo gracioso de ti no está en tus chistes. Está en tu forma de reir, de sonreir. En tu forma de querer, en tu forma de andar, de ver las cosas y de ver el mundo. En tu forma de tratar a las personas. En tu forma de hacer las cosas que te gustan.

Sigues ahí. Aún a pesar de ser quien soy. A pesar de lo rota que he estado (y que aún estoy). A pesar de mi inestabilidad, de mis problemas, de mi desconfianza en ciertos temas. A pesar de no ser nadie.
Dos años y mucho que decir de todo. Del paso del tiempo, del pasado, del futuro. Tenía 18 años y un futuro incierto. Anímicamente las cosas empezaban a irme mal. Así me conociste… Y, dos años después, nada ha cambiado al respecto. A pesar de haberlo intentado. Tengo 20 y un futuro incierto. Anímicamente estoy peor. ¿Por qué? ¿Por qué aguantar durante dos años a una persona así?

Pero sigues ahí.

Sé que la respuesta no es muy complicada. Sé que bastarán dos palabras, bastará un gesto, bastará una mirada. Pero soy un desastre, un pequeño desastre. Y a veces me cuesta entenderlo.

Las cosas no son fáciles cuando se intenta jugar a ser mayores.

Avanzar.

Tengo un problema. Desde hace mucho tiempo, tengo un problema.
Mi historia? Es una de esas historias dignas de película, sobre una chica joven y unas experiencias en la vida.
Pero no todas las experiencias son positivas. A veces las decisiones que tomas te conducen a un camino equivocado, erróneo (o no tan erróneo). Y eso trae sus consecuencias, que te afectan incluso años después.
Te das cuenta de que tienes un problema. Y no sabes si estás preparada para arreglarlo, para llegar al final del asunto. No sabes hasta qué punto serás capaz de llegar. Y cada vez que te enfrentas de nuevo a esa situación, te lo vuelves a plantear, una y mil veces. ¿Estás preparada? Es frustrante saber que no, que es insoportable, que no puedes hacerlo (aunque quieras).
Y te empiezas a plantear si eres normal, si lo que te pasa es normal. Pero nadie lo entiende. Y la gente te dice «si, es normal»… Pero nadie sabe lo que se siente. Nadie sabe lo que es llorar de frustración al querer hacer algo y, simplemente, no poder. Y que esas lágrimas te duelan a ti, y a las personas que más te quieren.
Nadie sabe lo que es intentarlo una y otra vez… Y acabar llorando una y otra vez.
No, no es normal.
Te sientes como un bicho raro. Y nadie puede entender por qué. No hay consuelo.

Solo tienes que avanzar un poco más. Seguir avanzando, poquito a poquito, día tras día. Intentándolo más veces. Confiando.
Y dejar de sentirte un bicho tan raro.