Eso no era seguro para mi.

Y esa es la verdad, aunque cueste admitirlo.

Un lugar seguro es aquel en el que puedo decir lo que molesta, incomoda, sin miedo a que inviertan la responsabilidad de los actos. Un lugar seguro es aquel en el que me puedo equivocar, pero cabe espacio para el diálogo después. Un lugar seguro es aquel en el que, ante un acontecimiento con múltiples interpretaciones, alguien da un paso al frente por mi y plantea una duda razonable. Un lugar seguro es aquel que no reinterpreta una historia compartida sin la otra persona. Un lugar seguro es aquel en el que sabes que esa persona VA a estar. Sin importar cuando, sin importar cómo.

Eran mis amigos, pero no era un lugar seguro para mi.

Cuando el cuento suena así:

– Oye, esto que has dicho me molesta. Sé que no lo hacías con mala intención, pero lo has repetido tantas veces que no me hace gracia, me gustaría que dejaras de hacerlo.

– Era una broma, no te lo tomes así.

– Para mi no fue una broma, era importante.

– Eso es tu problema.

– Es algo que estás haciendo tú.

– Es que yo soy así, bromista. Y me estás pidiendo que cambie mi forma de ser y no me sale.

– No, solo te he pedido que no hagas esa broma (por enésima vez).

O así:

– Tengo algo importante que decirte. Lo siento porque blabla y blabla y soy malísima y te estoy haciendo muchísimo daño, pero es que tú eres de esta forma y me haces sentir mal porque (cosas que no son ciertas en ningún escenario). Ahora necesito que me des tiempo (A MI) y que pienses sobre lo que te he dicho (sobre lo que YO he hecho).

– Sé que estás vulnerable y yo tampoco lo estoy pasando bien, he pasado por todo esto este fin de semana, ¿podemos poner una fecha para hablarlo?

– No, ahora ya no. Me has presionado cuando te pedí tiempo. No vuelvas a hablar conmigo.

Sabes que eso no es seguro para ti.

Los quise, pero no podía seguir ahí. Y no por mi, no porque yo fuera demasiado, no porque yo fuera una persona muy sensible, no porque fueran malas personas, o me trataran mal ‘per se’.

Solo que yo me merezco un trato más digno. Unos recuerdos completos, no solo migajas. Una presencia, no algo «circunstancial«, como se ha podido interpretar. Alguien que me viese, no que interpretara mi vulnerabilidad como manipulación. Un lugar en el que no tuviera que hacerme pequeña para existir, ni callarme para ser aceptada. Donde poder decir que me duele sin que eso sea atacar o acusar a nadie.

Un lugar donde no se instrumentalice el lenguaje terapéutico. Donde la palabra «empatía» no sea utilizada como arma. Donde las emociones no sean un intercambio. Donde sentir esté bien y no sea malinterpretado. Donde las palabras no signifiquen «chantaje«.

Y sobre todo, un lugar donde no me agredieran. Un lugar donde no hubiera espacio para la agresora después. Por lo menos, hasta que la víctima decidiera qué hacer con ello.

No tuve espacio, no tuve tiempo, no tuve voz. Y si tengo que renunciar a mi espacio en el mundo, a mi tiempo o a mi voz para existir en una mesa, en esa mesa me acabaré sentando en el suelo otra vez. Y eso se acabó.

Hay otra cosa que nunca admitirán. Que tomaban decisiones sobre mi, sobre mis sentimientos, sobre mis intenciones o mis pensamientos… Sin mi.

Cuando alguien decide por ti:

  • Qué te hace daño
  • Cómo vas a interpretar las palabras
  • Si estás preparada o no para algo
  • Tu sufrimiento
  • Tus necesidades
  • Lo que puedes asumir (o no)
  • Tu propia reacción

Cuando decides retirarle su agencia a una persona, decides «prevenir» una situación que asumes que existe o existirá, decides ignorar algo para «proteger» a esa persona del supuesto daño que le haría… Cuando admites que estás omitiendo partes de la historia (‘si no te mandé a la mierda el otro día es porque no sabes todo el cuento‘) Estás siendo paternalista. Y es algo cierto que durante unas pocas semanas se habló más de mi sin mi, que conmigo. Como si yo no supiera nada, como si no tuviera nada claro, como si no tuviera opinión siquiera. O como si no fuera consciente de la situación.

Os echo tanto de menos…

Ojalá no sintiera este enorme vacío cada vez que pienso en ti. En ti y en ella. Las dos personas que mejor me han entendido a lo largo de los años… Hasta que se fueron. Hasta que me destrozaron. Las dos.

«…Porque eres una de esas pocas personas con las que soy realmente feliz, de las que estoy segura de que no me fallaría nunca, porque eres de esas que siempre ha estado ahí, para todo. La persona que me dijo que hay hilos que nunca se rompen, que solo se camuflan, que con el paso del tiempo adquieren el color de la vida…»

«… A pesar de eso, sabes que siempre seré tu fan incondicional, pase lo que pase.»

«Las relaciones se adaptan y se fortalecen, llegando a ser irrompibles, sin importar lo que pase. Y eso es verdad, es lo que hay.»

Creí que era irrompible. Creí que era tan fuerte que no se rompería con nada. Y cuando MÁS te necesité. Cuando mi identidad y autoconcepto se derrumbaba, tú solo das la estocada final. Cortas el hilo. Sin anestesia. Sin duda. Cogiste el puñal contra el que llevaba semanas luchando y me lo clavaste. «Ahí te mueras», como si no te importara. Me partiste por la mitad. Y aún así sobreviví. No por ti, no gracias a ti. Sobreviví ese día y el resto de días. No sé si podría perdonarte, pero podría haber hecho el esfuerzo por entenderte. Y aunque entender no es lo mismo que perdonar, vivir con eso parecía una tarea fácil, me veía capaz de vivir sin perdonar (y sin guardar rencor, porque no soy alguien rencoroso). Solo necesitaba tiempo para asimilar el daño ….Pero lo complicaste tanto. Decidiste complicarlo TANTO. Te pedí tiempo para asimilarlo, un tiempo para mi, para colocar esa herida clavada en mi alma. Y tú solo seguiste clavando el puñal. Me bloqueaste. Borraste nuestra conversación. Lo bueno y lo malo. Borraste AÑOS de mi vida sin miramientos. ¿Por qué? ¿Fue porque te dije que no podía permitirme que tuvieras acceso a mi? ¿Después del puñal que me clavaste? ¿Por venganza? ¿Por vergüenza? ¿Por miedo a enfrentarte a eso que provocaste? ¿Como enfrentas ese dolor sin perderte a ti misma? ¿Sin sentirte decepcionada contigo misma? ¿Como asumir las consecuencias de tus actos?

La decepción inundó el vínculo y el hilo simplemente desapareció, como si no pudiera recuperarlo nunca.

Fuiste mi Nana, mi estrella guía, mi rosa de los vientos. Y te echo de menos.

Ella me dijo un día: «¿Te acuerdas del día de tu cumple? Fuimos las últimas en dormirnos de los que estabamos en esta tienda de campaña, hablando de muchas cosas, de ese día: del enfado tonto de Y*, de M* (your Nana), de las cosas divertidas… a pesar de todo, porque había cosas que quizás no irían bien, a pesar de que el mundo no estaba bien del todo… ¿pero no era un buen momento? ¿Un buen día? Un éxito. ¿No lo habías pasado bien ese día con tus amigos que te quieren? No digas que tu vida no tiene nada valioso ni interesante que contar, porque está llena de éxitos que te hacen a ti grande.«

A ella también la echo de menos, por momentos. Me dijo esto cuando aún eramos jóvenes e inconscientes, cuando el dolor aún no se había instalado en mi vida tanto como ese último verano. La quise tanto. Erais dos personas capaces de ver mi interior tan puro como solo vosotras conoceis… Pero las dos veces que pedí ayuda activamente, que pedí presencia, que pedí una amiga… Las dos veces me fallaron. Pero os echo tanto de menos.

La decepción parece que no se irá nunca.

Accountability

Sometimes, when people avoid you, it’s because they feel shame and guilt over how they treated you. Deep down, they know you didn’t deserve it and that they owe you more than silence, but avoidance becomes their coping mechanism. It’s emotionally unintelligent, yet very common in people who are avoidant or who lack emotional regulation. To face you would mean to face themselves, and for many people, that’s unbearable. It would mean listening to the pain they caused, sitting with your disappointment, and admitting the role they played in damaging the connection. Many people would rather carry guilt in silence than deal with the raw, heavy responsibility of seeing your pain reflected back at them.

Avoidance often shows up because accountability feels threatening. If they admit what they did, they also admit that the loss of the connection is on them. That’s hard for a fragile ego to hold, especially for people who already struggle with feelings of inadequacy. Accepting that they hurt you—and possibly ruined things beyond repair—means accepting that they are the reason you may never come back. So instead of being vulnerable, they hide. They push you away. They convince themselves it’s better to act cold or detached than to admit they miss you but don’t know how to fix what they broke.

For some, avoidance is about control. It’s easier to distance themselves and flip the narrative. They might frame you as the problem, exaggerate your flaws, or invent reasons to be angry at you so they don’t have to sit with the weight of their own mistakes. By making it about “your wrongs,” they regain power. They reframe themselves as the victim and you as the one at fault. That’s projection. By disowning their guilt and placing it onto you, they avoid the discomfort of self-awareness.

Avoidance can also be a way of pretending they don’t care. If they can convince themselves—and everyone else—that losing you isn’t a big deal, they don’t have to face the truth of their own vulnerability: that they messed up something that mattered.

All you wanted was accountability—some form of recognition, maybe even an apology. But instead, you’re met with silence, hostility, or deflection. It leaves you questioning yourself, doubting whether your pain was valid, replaying everything to understand how the blame somehow shifted onto you. It can feel deeply invalidating. Instead of healing through acknowledgment, you’re left with the extra burden of confusion, abandonment, and unresolved hurt.

This dynamic is a form of secondary wounding. The original wound was whatever they did to you. But the avoidance—the refusal to acknowledge or repair—creates a second wound. It reinforces feelings of being unseen, unimportant, and disposable. For many people, that second wound is harder to live with than the initial mistake. Mistakes can be forgiven when they’re owned, but avoidance says, “I’d rather protect my pride than protect your heart.”

Sadly, many connections could be salvaged if people were willing to face the discomfort of a real conversation. But because they fear vulnerability, they’d rather destroy something meaningful than sit with the temporary discomfort of accountability. Meanwhile, the person left behind is forced to process both the pain of the original hurt and the silence that followed.


You cannot teach accountability to someone who has built their identity around avoiding it. Growth requires discomfort, and some people would rather sacrifice relationships than face themselves.
People build their identity around avoidance when accountability once felt unsafe. If taking responsibility was met with punishment, shame, or withdrawal, they learned to survive by deflecting, blaming, and controlling the narrative. Avoidance, in many ways, became their armor. As adults, that same defense shows up as denial, minimization, or justification. They rewrite events to remain the victim. They intellectualize their behavior instead of feeling it. They distance themselves from the impact they’ve had on others because facing it would unravel who they believe they are. And when you try to hold them accountable, their defenses activate.

If you’re empathic, your nervous system feels that rupture immediately. You sense their discomfort and rush to repair it by overexplaining, softening, or taking responsibility just to restore connection. Uncontained empathy pulls your attention outward. You become so focused on their reactions, their discomfort, and their emotions that you detach from your own internal experience. Your body prioritizes maintaining connection over staying aligned with yourself. If they truly believed they weren’t the problem, they wouldn’t be running from the conversation. Avoiding accountability is what people do when the truth makes them look worse than the version they’ve been pretending to be.


Most people think a lack of accountability is a communication issue. It isn’t. It’s an identity issue. Taking responsibility forces someone to confront the gap between who they think they are and how they actually show up. For many people, that gap is too uncomfortable to face, so they protect their self-image instead of their integrity. Here’s the uncomfortable truth: people who refuse accountability often know exactly what they’re doing. They just choose emotional comfort over personal growth. So they rationalize, they justify, they over-explain. Confusion becomes a shield. Clarity becomes the threat. And the real trap? You start doing the emotional labor for them—explaining, translating, hoping they’ll finally “get it.” That isn’t empathy. That’s self-abandonment disguised as patience.

Accountability isn’t created through logic. It’s revealed through willingness. And no amount of understanding can replace that. If they won’t admit what happened, they’re still protecting the lie. And if they’re protecting the lie, they’re not sorry for the damage it caused. They’re just afraid of being seen for who they really are, because truth ruins their control.


You protect your nervous system every time you choose not to seek answers from someone who’s more invested in protecting their ego than building a healthy relationship. When we try to hold people accountable who don’t want to be held accountable, we often re-wound ourselves in the process. It’s easier to deny, deflect, and distort than to take accountability. So instead of owning their behavior, they rewrite the story so that you’re the problem.
But their version doesn’t change your reality, and your healing doesn’t need their validation.
This creates a cycle where we plead, overexplain, and chase the apology we deserve, hoping it will bring relief—but each attempt keeps our nervous system locked in fight-or-flight, searching for safety in the very place that hurt us.

You protect your nervous system every time you choose not to send that text, every time you stop yourself from making that phone call. You reclaim your worth when you pause, breathe, and ask: What do I truly need right now?
In that moment, you remind yourself: I deserve better than chasing answers from someone who isn’t choosing me. We often hold the fantasy that if we just explain to someone how they’re hurting us, they’ll want to change. But you can’t force anyone to change. Accountability is an inside job.


Yo he cumplido mi parte, ¿y tú?

No quiero volver a sentarme en el suelo

No quiero volver a vincularme con nadie si al final van a acabar siempre mal y sin ningún tipo de responsabilidad afectiva. No quiero volver a sufrir lo que estoy sufriendo.

Me merezco relaciones mejores. Me merezco vínculos más sanos. Me merezco amistades mejores. No puedo conformarme con menos, estoy cansada de conformarme con migajas. Estoy cansada de sentarme en el suelo esperando una silla. Basta.

Así que si me vas a querer, quiereme bien. Entiende que mis intenciones son puras. Que puedo cometer errores pero nunca lo haré a malas. Que te voy a dar todo, que voy a ser leal. Que puedo fallar, pero siempre estaré dispuesta a intentarlo una y otra vez, a estar ahí, a avanzar contigo. Intentaré suavizar al máximo mis rudezas para no hacerte daño, pero seré honesta con mis sentimientos. Te daré claridad, seguridad y firmeza para que nunca tengas que dudar de mi.

Lo único que puedo pedir a cambio… es que me aportes lo mismo. Quiero vínculos seguros. No quiero volver a sentirme a salvo donde nadie se esfuerza en sostener a los demás, donde impera el individualismo salvaje.

Quiero ser vista, respetada y elegida.

No quiero mendigar amor.

Quiero relaciones sanas, con conversaciones incómodas, con silencios naturales, con compañía y apoyo mutuo. Con empatía, simpatía y afecto. Vínculos compasivos, sin jueces ni juicios.

No quiero más condescendencia ni superioridad moral. No quiero más desconfianza en lo ajeno. No quiero vínculos donde se presuponga la maldad intrínseca de los demás, sino la bondad del desconocido como un individuo más. Como tú, como yo. De por si la vida es demasiado dura como para mostrar solo tus espinas, sé amable. Pero de verdad. La falsa amabilidad no sirve, la comodidad de la superficie no es suficiente.

Quiero sentir que tengo vínculos reales y no falsas comedias. Quiero amistades reales, no solo conveniencias.

Aquel que no se molesta en conocerte o consigue desconocerte a pesar del tiempo… ¿para qué lo quieres en tu vida?… ¿Para desmerecerte?

La muerte del yo.

Todo se ha deshecho. Finalmente todo ha muerto en mi. Pongo fin a «la Irene de antes» en este 01 de enero de 2026. Lo conseguiste, Melanie, me mataste. Te dije que no, que no me iba a morir por mucho que tú me lo dijeras… Pero finalmente me mataste. Eliminaste todo lo que eramos tú y yo sin vuelta atrás, sin retorno…. Años de conversaciones eliminadas de un día para otro.

¿Como puedo quedarme con lo bueno si eso tambien lo borraste? ¿Qué esperas que haga ante mi propia muerte? Decía que este año me rompí 20 veces y me recompuse 21…. Pero eso fue antes de saber que me mataste.

Es imposible que Irene vuelva. La Irene que alguna vez conocisteis ahora mismo está muerta. Enhorabuena, lo habeis conseguido. En tres meses habeis matado a una persona inocente, la habeis aniquilado por completo. Una vida hecha escombros. ¿Y todo para qué?

¿Qué va a salir de aqui? Porque incluso cuando digo «no puedo más», «dejad de hablar de mi», hay acciones que desvelan que sigo estando en vuestras vidas. ¿Os importo? Yo sé que no. Pues desapareced de una vez, dejad de hablar de mi. Haced como si nunca hubiera existido para vosotros y ya está. ¿Para qué quiero yo los recuerdos? Nunca me han dado nada bueno. No los quiero, quedaoslos. Quedaos con todo lo que yo era antes, todo lo bueno y lo malo, y desapareced de mi vida.

Lo conseguisteis al final. Me habeis matado. Id a mi tumba a ponerme flores y a llorar por mi y seguid con vuestras vidas.

En algún momento renaceré. Nunca he toreado en peores plazas, es cierto. Nunca me mataron tanto por dentro ni de tantas formas distintas. Os espero en mi funeral para veros una última vez.

De aquí solo puede salir una persona nueva.

Elegir bando

– Dejarias a quien sea ahogandose en el agua? Ya da igual si es amigo o es un completo desconocido

– No, pero desde luego no me iria tan tranquila. Intentaria ayudar, como fuera. Mi conciencia no estaria tranquila sabiendo que pude hacer más y no hice


– Que intento fue ese?

– Con quien hablé? Si incluso el grupo que creé aquí el día que empecé a ahogarme, lo borré yo misma … No era cuestion de hablar y explicarme nada. Solo darme seguridad en un momento donde todo tambaleaba. Cual fue el intento de ayudarme?

– Creo que decir «he vuelto a tener pensamientos suicidas y tuve que llamar al 024 este dia» es suficientemente alarmante como para ayudar. No puedes decir que no he pedido ayuda cuando no he dejado de pedirla

– Ya… Por que nadie lo ve si lo he gritado?

– Cuales crees que son mis problemas?

– Si mi mayor problema es sentirme irrelevante e insignificante para los demás… Como pido ayuda sino diciéndoles «necesito que me veas»?? Pero es más cómodo apartar la mirada que sostenerla, porque sostenerla te impide quedarte inmóvil ante la situación

– Me vieron alguna vez?

– Tu dices que estoy dando por hecho que el resto me ve ahogándome

Injusto

Todo ha sido injusto desde ese día, desde ese martes. Ya no es el dolor por unas palabras dañinas, no es el trauma por haber sido rechazada y acusada de hacer «chantaje». Es una sensación de dolorosa injusticia desde el primer momento.

Yo no sabía nada. No sabía nada de lo que estaba pasando dentro de ese círculo. Ni lo sabía, ni pretendía saberlo. Y lo peor de todo es que para mi estaba todo BIEN. «Si no te mandé a paseo el otro día es porque no sabes todo el cuento». ¿Desde qué posición podéis juzgar mis actos si reconocéis que no sabía nada? En eso tengo la conciencia tranquila: hice lo que pude con la información que tenía y, para mi, ese martes 9 de septiembre fue un día donde todo quedó resuelto y me fui a dormir tranquila.

No puedo culparme porque al día siguiente no me dijeran nada al respecto. No puedo culparme por ser yo la que fui directamente a preguntar mis inquietudes. Hice lo que tenía que hacer, lo que se supone que hace cualquier persona con madurez afectiva, una persona que quiere construir puentes, que trata de comunicarse para que no haya malentendidos. Que prefiere preguntar antes que suponer. Una persona que sabe lo que quiere: relaciones sanas, aunque haya momentos incómodos. Sé que si yo no hubiese preguntado, ahora mismo estaríamos todos bien, este sábado iría al cumpleaños de Adry y no habría pasado nada.

Ya van 2 meses desde ese día y no me lo quito en la cabeza. No es el trauma. Es la desconsideración, la falta de atención, la falta de cuidado, la falta de interés por mantener una comunicación adecuada conmigo. La falta del beneficio de la duda. La ausencia de una pregunta que hubiera sido clave en todo esto: ¿por qué? ¿Por qué hice lo que hice? ¿Por qué dije lo que dije? ¿Por qué fui invisible para todo el mundo durante esta situación? O, más bien, ¿por qué creyeron que me entendían mejor que yo misma? ¿Por qué ese paternalismo? ¿Esa condescendencia? Si no quieres mantener conversaciones incómodas es que no estás preparado para tener relaciones sanas. Nunca asumí ningún nivel de confianza. Nunca sufrí por una honestidad expresada con cariño, pero es que parece que nunca fuisteis honestos. Nada de esto hubiera pasado si en su momento todos hubieseis dicho la verdad sin tapujos: oye, la llamada me sentó muy mal. ¿Qué pretendías con ella?

Todo se hubiese solucionado. Pero no. No tenéis la suficiente madurez emocional.

Tu continente

Será fácil contar historias para escondernos
Lo difícil será dejar que alguien nos eche de menos
Será fácil romper ventanas para escaparnos
Lo difícil será pasar a verte y decirte adiós

Lo conseguiste, eres el superviviente
Caminas solo sobre tu continente

Y ahora hay solo silencio
Solo silencio

Y preguntas al aire
Preguntas al aire
Tan dormido y despierto
Tan dormido y despierto

Porque nadie gritará en el desierto tu nombre (¡nadie!)
Nadie va a declararse culpable (¡nadie!)
Nadie piensa arriesgarse a buscarte (¡nadie!)
En las ruinas de tu ciudad, nadie

Será fácil cerrar los párpados, airearlos para no tener que vernos
Lo difícil será dejar que por los poros penetren dentro
Será fácil separar la mente de los actos y olvidar a los extraños
Lo difícil será acordarnos de lo que perdimos por no hacernos daño

Lo conseguiste, eres el superviviente
Caminas solo sobre tu continente

Y ahora que has conseguido ocultarte
Preguntas por qué

Porque nadie gritará en el desierto tu nombre (¡nadie!)
Nadie va a declararse culpable (¡nadie!)
Nadie piensa arriesgarse a buscarte (¡nadie!)
En las ruinas de tu ciudad (¡nadie!)

Nadie gritará en el desierto tu nombre (¡nadie!)
Nadie va a declararse culpable (¡nadie!)
Nadie piensa arriesgarse a buscarte (¡nadie!)
En las ruinas de tu ciudad, nadie

¿Qué significa para ti?

Después del impacto de sus palabras, de darme cuenta de esa agresión y llamarlo como lo que fue, me está costando asimilar que * fuera capaz de decirme algo así.

Me pasé la tarde sola en urgencias, quedándome con las justificaciones suyas y teniendo que ‘revivir’ esas palabras constantemente, cada vez que hablaba con un profesional. No tuve tiempo para reflexionar sobre ellas, pero cuando pude hacerlo sentí que debería estar sintiéndome MUY enfadada y dando una respuesta mucho más contundente. Solo estaba profundamente decepcionada. No quería hacer saña de la herida (hacer madera del árbol caído), pero sentí que si no ponía distancia en ese momento no iba a poder sanar nunca, que empezaría a sentir rencor y era lo que menos quería. No quiero terminar una relación así, y menos con *. No quiero que las últimas palabras que tenga de ella sean esa agresión verbal y sus audios posteriores (que ni recuerdo lo que dicen) tratando de justificarse.

Siento que necesito este tiempo, este punto muerto, para digerir el trauma, para acomodar esa herida en mi interior, buscarle un hueco y aprender a convivir con ella. Ni mil disculpas de * van a poder sanar esa agresión ni van a quitar el sentimiento de desilusión, de decepción. Tengo que aprender a aceptar que lo que pasó, pasó y va a vivir conmigo, pero eso no tiene por qué repercutir en una futura relación con ella. Se puede perdonar sin olvidar y se puede vivir también sin perdonar. El rencor y el perdón no tienen por qué ir de la mano.

No sé si algún día la confianza volverá a ser la misma. De momento no lo veo posible, y si algún día volvemos a ser amigas creo que siempre tendré la duda en mi interior, siempre me preguntaré «¿Cuando será la próxima? Puede esperar algo así de esa persona?». Quizás, una de mis condiciones inamovibles tiene que ser que ella admita esos prontos, esos conatos de rabia que dirige hacia su entorno. Lo estaba trabajando y lo llevaba bien, pero ese día traspasó cualquier límite y fui capaz de ver una cara que nunca me habría imaginado y que siempre estará ahí «subyacente».

Por el momento, esta pausa me deja tranquila, siento como si nada importara ya. No sé si es la medicación o que todo lo demás ha ido perdiendo intensidad y lo que me deja es la calma de no tener expectativas de nadie y hacia nadie.

Me sentí traicionada y eso sí que me dolió, pero poner ese límite con *, tan marcado, tan estricto y habérselo comunicado «bien», de la manera que a mi me habría gustado recibirlo, me hace sentir bien conmigo misma, serena. También me siento orgullosa de mi misma por haber «plantado cara» y verbalizado lo que fue con ella, sin que quepa duda a la justificación ni a una interpretación errónea. No traté de buscarle una explicación, no traté de dialogar. No hubo diálogo.

Año 2017

Nuevo año, nuevo resumen, nuevas ganas. Octavo año consecutivo que hago esta entrada. Y merece la pena.

Una foto : Este año pondré esta foto tan especial. Me produce tanta calma y paz interior…. Eso que necesitaba en ese momento y que solo ellos me pueden dar en paseos como estos….photo_2017-12-31_15-36-30

 

Un vídeo: Es un poco largo, pero merece la pena. El vozarrón y el sentimiento que le pone, y el significado que le encontraron a la canción…. Brutal.

 

Una canción: No vales más que yo – La Oreja de Van Gogh

*Un grupo: Vetusta Morla (repito este año porque sacaron disco nuevo :P)

Una frase:
Tarde o temprano, todo cae por su propio peso.

Una persona:
Deby, Clarisse…

Un lugar:
Oza dos Ríos

Un libro:
Juego de Tronos

Una película:
Kimi no na wa

Una serie:
Vikings

Una página web
Pinterest

Una hora:
Las 2 de la mañana

Un juego:
Life is Strange

Lo que más me gustó:
Poder ayudar, aún por encima de mis propias posibilidades. Sentirme más viva que nunca.

– Lo peor:
La depresión. Saber que volví a caer en ese pozo. Sentir que me ahogaba en él, que me podía el estrés y me sobrepasaba todo.

– Un texto: «Quiereme entera», de Dulce Maria Lyonaz

“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz y sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

 

– Un sentimiento:
Decepción.

 

Hace años me prometí a mi misma que nunca volvería a rendirme. Que nunca volvería a caer. Y este año me fallé a mi misma. Caí. Como una tonta, además. Caí de nuevo en lo más profundo del pozo. Fue a principios de Agosto cuando toqué fondo y llevo ya medio año intentando volver a flote (y creo que lo estoy consiguiendo).
Este año tambien aprendí lo que es ser una esponja… Y es que yo soy una esponja que lo absorbe TODO. Cualquier malhumor, cualquier mal rollo, me afecta y me va a afectar siempre, porque lo absorbo, me quedo con él, lo retengo en mi mente. Y me callo. Me callo y guardo y guardo y guardo. Hasta que no puedo más. Hasta las esponjas tienen un límite. Y ahí la depresión, la ansiedad, las ganas de morirme, los días en cama sin poder hacer nada, los problemas con los demás, mi actitud con los demás…. Una vez identificado el problema… espero que todo sea más fácil.

 

Por ultimo, no quiero despedir el año sin recordar que este año ha sido un año de pérdidas y ganancias. Empecé el año allá por Abril perdiendo a varias personas importantes para mi. Traicionada, infravalorada…. Seguí perdiendo en Julio, Agosto, Septiembre…. Pero por el camino también «gané» a varias personas. Recuperé a una, ayudé a otras…. Hice lo que pude siempre que estuvo en mi mano. Y aprendí.

 

Para 2018 me he propuesto metas más realizables, metas que no dependan de los demás. El año pasado me puse metas como «aprender a entenderme y entender a los demás» o «no rayarme tanto». Objetivos poco claros, poco específicos y que no siempre dependían de mi. Este año he intentado cambiar el enfoque.

  • Crear un horario para conseguir unos hábitos y tiempo para mí misma.
  • Objetivos de la UNED más eficientes.
  • Ahorrar mensualmente (esta con ayuda de algunas apps y al ser mensual…)
  • Pasarme juegos pendientes.
  • Leer más.
  • Separar lo personal de lo «profesional», de lo emocional. Aprender a distinguir.
  • Avanzar un poco hacia el veganismo

 

El 2018 va a ser un año mejor, no tengo ninguna duda. Feliz Año!!!!

 

 

No sabes lo que es odiar

Hoy te volví a recordar y eso es algo que ultimamente casi nunca pasa. Ya no me haces falta.

Te odié. No sabes cuanto te odié. Durante mucho tiempo soñaba con encontrarme contigo, con discutir contigo, gritarnos, pegarte con toda mi rabia. Sé que nunca sería capaz de hacer algo así. Sé que solo eran sueños. Pero todos esos sueños demostraban lo mucho que llegué a odiarte.

No creo que se pueda odiar a alguien toda una vida. Sí, existe un tiempo, un período, en el que tienes que superar eso. Días, meses, años…. Me costó unos 4 años dejar de odiarte, cuando alguien por fin quiso escuchar mi versión, cuando alguien quiso saber qué me pasó, o por qué me pasaba. 4 años para sentirme escuchada. 4 años para dejar de odiarte. Y después de esos 4 años, llegó la melancolía, la pena, la tristeza, el «echarte de menos», el intentar por enésima vez hablar contigo. Síndrome de graduación. Me sentí desplazada, reemplazada….

Con el tiempo, aprendes que no es así. Aprendí que ya no necesito echarte de menos. Que ya no necesito nada de ti.  Aprendí que no sabes lidiar con los problemas y el día que tengas alguno de verdad, no sé qué será de ti. Aprendí que puedo vivir con la cabeza alta, porque, aunque no siempre hago las cosas bien, sé escoger a las personas que me rodean. Mi mente tiene una capacidad asombrosa para conseguir problemas con la gente que no me conviene. Y tú eres y fuiste, de entre todas las personas, lo peor.

No sabes lo que es odiar. Pero tampoco sabes lo que es cuidar, querer o apreciar. Te crees especial porque haces que los demás se sientan especiales. Y que te queramos. Pero cuando los demás no podemos hacernos cargo, cuando los demás no podemos cuidar, o querer, o apreciar. Cuando más necesitamos eso de ti…. huyes. Y yo te odié por huir. Te odié. Pero ya no te necesito.

No puedes, simplemente, dejar de lado a las amigas que te necesiten cuando tienen alguna enfermedad. Lo hiciste dos veces ya. Y lo seguirás haciendo. Y ojalá no te veas nunca sola. Ojalá no te falte de nada. Ojalá no necesites nunca que te cuiden o te quieran. Y ojalá tengas siempre alguien ahí para ello.

 

Hoy he visto varios dibujos tuyos. Van a ir todos a la basura, incluso aquellos que fueron un regalo o que me prestaste. Entre libretas y libretas he visto un dibujo nuestro en Londres. Nunca lo había visto. Y te eché de menos. Y eso es algo que tampoco pasa muy a menudo. Y que, espero, no vuelva a pasar nunca. Adiós, Antía.