Y esa es la verdad, aunque cueste admitirlo.
Un lugar seguro es aquel en el que puedo decir lo que molesta, incomoda, sin miedo a que inviertan la responsabilidad de los actos. Un lugar seguro es aquel en el que me puedo equivocar, pero cabe espacio para el diálogo después. Un lugar seguro es aquel en el que, ante un acontecimiento con múltiples interpretaciones, alguien da un paso al frente por mi y plantea una duda razonable. Un lugar seguro es aquel que no reinterpreta una historia compartida sin la otra persona. Un lugar seguro es aquel en el que sabes que esa persona VA a estar. Sin importar cuando, sin importar cómo.
Eran mis amigos, pero no era un lugar seguro para mi.
Cuando el cuento suena así:
– Oye, esto que has dicho me molesta. Sé que no lo hacías con mala intención, pero lo has repetido tantas veces que no me hace gracia, me gustaría que dejaras de hacerlo.
– Era una broma, no te lo tomes así.
– Para mi no fue una broma, era importante.
– Eso es tu problema.
– Es algo que estás haciendo tú.
– Es que yo soy así, bromista. Y me estás pidiendo que cambie mi forma de ser y no me sale.
– No, solo te he pedido que no hagas esa broma (por enésima vez).
O así:
– Tengo algo importante que decirte. Lo siento porque blabla y blabla y soy malísima y te estoy haciendo muchísimo daño, pero es que tú eres de esta forma y me haces sentir mal porque (cosas que no son ciertas en ningún escenario). Ahora necesito que me des tiempo (A MI) y que pienses sobre lo que te he dicho (sobre lo que YO he hecho).
– Sé que estás vulnerable y yo tampoco lo estoy pasando bien, he pasado por todo esto este fin de semana, ¿podemos poner una fecha para hablarlo?
– No, ahora ya no. Me has presionado cuando te pedí tiempo. No vuelvas a hablar conmigo.
Sabes que eso no es seguro para ti.
Los quise, pero no podía seguir ahí. Y no por mi, no porque yo fuera demasiado, no porque yo fuera una persona muy sensible, no porque fueran malas personas, o me trataran mal ‘per se’.
Solo que yo me merezco un trato más digno. Unos recuerdos completos, no solo migajas. Una presencia, no algo «circunstancial«, como se ha podido interpretar. Alguien que me viese, no que interpretara mi vulnerabilidad como manipulación. Un lugar en el que no tuviera que hacerme pequeña para existir, ni callarme para ser aceptada. Donde poder decir que me duele sin que eso sea atacar o acusar a nadie.
Un lugar donde no se instrumentalice el lenguaje terapéutico. Donde la palabra «empatía» no sea utilizada como arma. Donde las emociones no sean un intercambio. Donde sentir esté bien y no sea malinterpretado. Donde las palabras no signifiquen «chantaje«.
Y sobre todo, un lugar donde no me agredieran. Un lugar donde no hubiera espacio para la agresora después. Por lo menos, hasta que la víctima decidiera qué hacer con ello.
No tuve espacio, no tuve tiempo, no tuve voz. Y si tengo que renunciar a mi espacio en el mundo, a mi tiempo o a mi voz para existir en una mesa, en esa mesa me acabaré sentando en el suelo otra vez. Y eso se acabó.
Hay otra cosa que nunca admitirán. Que tomaban decisiones sobre mi, sobre mis sentimientos, sobre mis intenciones o mis pensamientos… Sin mi.
Cuando alguien decide por ti:
- Qué te hace daño
- Cómo vas a interpretar las palabras
- Si estás preparada o no para algo
- Tu sufrimiento
- Tus necesidades
- Lo que puedes asumir (o no)
- Tu propia reacción
Cuando decides retirarle su agencia a una persona, decides «prevenir» una situación que asumes que existe o existirá, decides ignorar algo para «proteger» a esa persona del supuesto daño que le haría… Cuando admites que estás omitiendo partes de la historia (‘si no te mandé a la mierda el otro día es porque no sabes todo el cuento‘) Estás siendo paternalista. Y es algo cierto que durante unas pocas semanas se habló más de mi sin mi, que conmigo. Como si yo no supiera nada, como si no tuviera nada claro, como si no tuviera opinión siquiera. O como si no fuera consciente de la situación.
