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La melancolía de Haruhi
A mi el béisbol me daba igual, pero me llevé una gran sorpresa cuando llegué al estadio y me di cuenta de que estaba lleno de gente hasta donde me alcanzaba la vista. Me recordaron a un montón de granos de arroz pegados los unos a los otros. Le pregunté a mi padre cuánta gente podía haber allí dentro y él me contestó que cuando estaba completamente lleno cabían hasta 50.000 personas. Después del partido, el camino que llevaba a la estación estaba casi colapsado por el gentío. Esa imagen se me quedó grabada. Sin embargo, toda esa gente a mi alrededor apenas era parte del total de habitantes de Japón. Nada más volver a casa, cogí una calculadora para sacar el porcentaje. En clase de sociales nos habían dicho que la población de Japón era de ciento y pico millones. Si comparaba cien millones con los cincuenta mil del estado me salía un porcentaje de 2.000 a uno. Me quedé helada. En aquel mar de gente, yo era sólo una persona más, pero es que comparada con la población del país, apenas era una gota de agua en el océano. Hasta este momento, yo siempre me había considerado una persona especial. Me encantaba estar con mi familia y creía que mis compañeros de clase eran las personas más interesantes del mundo, pero me di cuenta de que no era así. Lo que ocurría en mi clase y que a mí me parecía lo mejor del mundo era lo mismo que pasaba en otras clases. Cualquier otro japonés lo habría encontrado normal.
Cuando fui consciente de la realidad, fue como si todo mi entorno se hubiera vuelto de color gris. Lavarse los dientes antes de irse a dormir, desayunar después de levantarse. Todo el mundo hacía lo mismo todos los días y me empecé a aburrir. Sin embargo, ya que había tanta gente en el mundo, por fuerza tenía que haber alguien con una vida interesante. Estaba convencida. Pero, ¿por qué no era yo esa personas? Estuve obsesionada con esa idea hasta que empecé la secundaria. Entretanto, hice un descubrimiento: nunca pasa nada divertido si te limitas a esperar sentado a que pase. Por eso decidí ser una persona distinta en secundaria. Iba a demostrar al mundo que yo no era como los demás, que no me conformaba con sentarme a esperar. Durante esos tres años, hice lo que me dio la gana, pero nunca ocurrió nada digno de mención. Antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba en bachillerato. Pensaba que al menos algo habría cambiado hasta este momento.No hay comentarios en La melancolía de Haruhi
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Luarca… Cambaral
«Había subido desde las costas de Argel y Tingitania hasta nuestros mares cantábricos, una pequeña flota de piratas berberiscos que, con sus contínuas incursiones, tenían atemorizados a todos los pueblos de la costa desde Avilés hasta Navia.Los barcos berberiscos, más pequeños , ágiles y ligeros que los grandes barcos de la flota del rey, escapaban de contínuo de todas las persecuciones y parecía que fuera imposible detenerlos nunca.Mandaba la flota pirata un moro llamado Cambaral, famoso por la extrema crueldad que mostraba en sus asaltos y por lo ingenioso de sus ataques. Entre su pericia como capitán y las características de sus embarcaciones, ciertamente, era difícil capturar siquiera alguno de los barcos que componían la flotilla.
Cansado de las tropelías que cometían los berberiscos, el señor de la fortaleza de Luarca, también conocida como La Atalaya, decidió que ya era hora de acabar con ellas y que, dado el fracaso de la flota real, se hacía necesaria una nueva estrategia que facilitara su captura. Embarcando a sus más fuertes y aguerridos guerreros en sencillas embarcaciones de pesca, bien disimulados entre sus aparejos y artes, salieron a la mar a esperar que apareciese la flota berberisca. A pocas millas de Luarca, se pusieron a pescar con la intención de que los moros les viesen como un botín fácil y de que, confiadamente, les asaltaran.
Efectivamente, en cuanto aparecieron los barcos berberiscos y vieron las barcas de pesca, se lanzaron a su ataque.Pero cual no sería su sorpresa, en cuanto se acercaron a ellas, que vieron que de ellas salían decenas de guerreros perfectamente armados y preparados para el abordaje, y que eran las inocentes barcas las que les atacaban ellos y no al contrario, como tenían previsto. El combate fué largo y cruento, pero la sorpresa y maniobrabilidad de las barquillas, dieron toda la ventaja a los luarqueses.
Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de La Atalaya, en cuyas mazmorras lo encerraron sin curarle siquiera las heridas.
Mientras el señor de Luarca y sus aliados festejaban el triunfo y preparaban los despachos para anunciarle al rey la buena nueva, la hija del señor, una bella doncella de espíritu generoso y gran corazón, pidió permiso para curar sus heridas y se dirigió a las mazmorras.
Había poca luz allí, pero, parece, no les hizo falta alguna, pues fué verse, siquiera entre las sombras, para que surguiera entre ellos el más puro amor. A pesar de las heridas, o quizás por ellas mismas, Cambaral comenzó a sentir lo que todas su correrías le habían ocultado: que era huérfano de corazón, que sus fechorías no lo había evitado nunca y que nunca lo evitaría, que podía hallar descanso y sosiego, al fin, en este amor que se le ofrecía. La hija del señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cual iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.
En aquella semioscuridad se declararon su amor mutuo y se hicieron esas promesas grandilocuentes con que los amantes noveles adornan la adversidad. Pero cuando Cambaral, se recuperó de sus heridas, volvió a emerger en él su audacia y su ingenio, que tan bien le habían servido en sus correrías por todas las costas, desde Argel hasta el Cantábrico, y planificó la fuga de ambos.
Fué una huida alocada, sin posibilidades de éxito, practicamente, pero los ojos de los amantes no veían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral que, rápido y ágil como era, hacia ella misma les dirigiría.
Sin embargo, el señor de la fortaleza ya había sido avisado de la fuga y, con un destacamento de tropas, esperaba a los amantes en el puerto. Allí acabaron sus sueños y pusieron a prueba todas aquellas promesas que se habían hecho; viendo imposible la huida, Cambaral abrazó a la hija del señor de Luarca; ambos se miraron como si se estuvieran diciendo algo que no se puede decir (amor que nace a oscuras, oscuro muere); ambos se besaron como si ya nunca más se pudieran besar (ya nunca los labios volverán a soñar)…
Y así fuera que el señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo, cortó ambas cabezas, las cuales fueron a escabullirse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del beso.
La leyenda de Cambaral ha dejado una gran huella en la villa de Luarca. El barrio de pescadores lleva su nombre y se suele distinguir dentro de él el Cambaral Alto, que es donde habría estado la fortaleza (hoy en su lugar hay un monumento, llamado, precisamente, la Mesa de Cambaral) y Cambaral Bajo, que es donde está el muelle.
Otras leyendas hacen de Cambaral un pirata normando que habría desembarcado en Luarca y que habría sido muerto en combate por un tal Teudo Rico de Villademoros.
Miguel I. Arrieta Gallastegui «Historias y leyendas de Asturias»Avalanch – Cambaral (mejor en acústica)De este lugarcuentan leyendas e historiasy juran que así ocurrieron.Siglos atrás,las tropas del rey en sangrienta batallaa un joven de muerte hirieron.Y el rey con crueldadasí le encerró.Su herida mortalno obtuvo perdón,y en el suelo esperóla muerte sin ver la luz del sol.Sin fuerzas ni vozvio a una bella mujerque con pena llegó hasta su celda.La muerte burló,su corazón ahora ciego de amorcomenzó a latir con más fuerza.Ella, hija del rey,él, un simple ladrón.El destino, tan cruel,les robó el corazón,en aquella prisión y lejos de ver la luz del sol.– Déjame morir en tus brazos y asíun instante tal vez podré ser feliz.Esta vez la vida se ríe de míy ahora toca a su fin aunque quiera vivir,quiero vertu rostro otra vezy saberque siempre estaré junto a tiaunque vaya a morir.–Dicen que ella escapócon su joven ladrón,pero el rey les halló,y con furia y dolor, ante un beso de amor,a los dos con su espada atravesó.-Déjame morir en tus brazos y asíun instante tal vez podré ser feliz.Esta vez la vida se ríe de míy ahora toca a su fin aunque quiera vivir.-Quiero vertu rostro otra vez.Ahora seque siempre estaré junto a tiaunque vaya a morir.-Cuentan queen las noches de invierno se venacer una flor donde no llega el sol.Por amorsus almas unidas estány se pueden amar para la eternidad.Puede versu rostro otra vez,y saberque siempre estará junto a él,junto a él…El puente del Beso existe de verdad en Luarca y la leyenda es real… Nunca pensé que podría ser real, pero solo hay que informarse un poco ^^ Es más romántico que el puente Milvio en Roma!Puente del beso en Luarca
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La Fundación…
(Texto extraido de la obra de teatro «La Fundación», de Antonio Buero Vallejo)
– ¿Quieres volver a la Fundación?
– Ya sé que no era real. Pero me pregunto si el resto del mundo lo es más… También a los de fuera se les esfuma de pronto el televisor, o el vaso que querían beber, o el dinero que tenían en la mano… O un ser querido… Y siguen creyendo, sin embargo, en su confortable Fundación…. Y alguna vez, desde lejos, verán este edificio y no se dirán: es una cárcel. Dirán: parece una Fundación… Y pasarán de largo.
– Así es.
– ¿No será entonces igualmente ilusorio el presidio? Nuestros sufrimientos, nuestra condena…
– ¿Y nosotros mismos?
– Sí, incluso eso.
– Todo, dentro y fuera, como un gigantesco holograma desplegado ante nuestras conciencias, que no sabemos si son nuestras, ni lo que son. Y tú un holograma para mi, y yo, para ti, otro… ¿Algo así?
– Algo así
– Ya ves que lo he pensado
– Y si fuera cierto… ¿ a que escapar de aquí para encontrar la libertad o una prisión igualmente engañosa? La única libertad verdadera sería destruir el holograma, hallar la auténtica realidad… que está aquí también, si es que hay alguna… O en nosotros, estemos donde estemos…. y nos pase lo que nos pase.
– No
– ¿Por qué no?
– Tal vez todo sea una inmensa ilusión. Quien sabe. Pero no lograremos la verdad que esconde dándole la espalda, sino hundiéndonos en ella. Y yo sé lo que te pasa en este momento.
– ¿El que?
– No es que desprecies la evasión como otra fantasía, sino que te acobardan sus riesgos. No es desdén ante un panorama quizás ficticio, sino temor. Así no vale. Duda cuanto quieras, pero no dejes de actuar. No podemos despreciar las pequeñas libertades engañosas que anhelamos, aunque nos conduzcan a otra prisión… Volveremos siempre a tu Fundación, o a la de fuera, si las menospreciamos. Y continuarán los dolores, las matanzas…
– Acaso ilusorias…
– Eso se lo tendrías que preguntar a Tulio. Aunque sea otro holograma… al que ya han destruido.
– Perdona, mi Fundación aún me tiene atrapado.
– No, tú ya has salido de ella. Y has descubierto una gran verdad, aunque todavía no sea la definitiva verdad. Yo la encontré hace años, cuando salí de una cárcel como ésta. al principio, era un puro deleite: deambular sin trabas, beberme el sol, leer, disfrutar, engendrar un hijo… Pronto noté que estaba en otra prisión. Cuando has estado en la cárcel, acabas por comprender que, vayas donde vayas, estás en la cárcel. Tú lo has comprendido sin llegar a escapar.
– Entonces…
– ¡Entonces hay que salir a otra cárcel! ¡Y cuando estés en ella, salir a otra, y de ésta, a otra! La verdad te espera en todas ellas, no en la inacción. Te esperaba aquí, pero sólo te esforzabas por ver la mentira de la Fundación que imaginaste. Y te espera en el esfuerzo de ese oscuro túnel del sótano… En el holograma de esa evasión.
– Me avergüenzo de haber delirado tan mal.
– Estabas asustado… Te inventaste un mundo de color de rosa. No creas que es demasiado absurdo… Estos presidios de metal y rejas también mejorarán. Sus celdas tendrán un día televisor, frigorífico, libros, música ambiental… A sus inquilinos les parecerá la libertad misma. Habrá que ser entonces muy inteligente para no olvidar que se es un prisionero.
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Hasta la próxima, volveremos a vernos
Frialdad. Se notaba frío. Podíamos hablar de tonterías, pero cuando la cosa se ponía seria era como si una capa de hielo cubriese todo de golpe. De nuevo me despedí de él, sin saber cuando volvería a verlo, sin saber cuánto tiempo pasaría sin estar hablando con él durante horas. Como en aquel entonces, cuando era pequeña, cuando no sabía nada, cuando simplemente quería. Le quería. De una forma especial. Y se alejó. Se alejó y no volvió. Y ahora me siento culpable. Quizás fue culpa mía, quizás él no quería que yo le quisiera de esa forma. Quizás le agobiaba demasiado. Agobio.
10 minutos de fría conversación. 10 minutos de tensión. 10 minutos que me hicieron sentir idiota, que hicieron que mi corazón temblase, y no debería temblar. Porque todo iba bien hasta que se lo dije, todo iba… bien. Hasta que, de nuevo, metí la pata. Siempre meto la pata.
Hasta la próxima, my dear friend. Ojalá nos volvamos a ver pronto. Te echo de menos.

