-
No volverá. No se fue jamás.
Un último susurro, un último aliento. Un recuerdo que quedará en el olvido.
Dan las seis
Marcos, tazas, café
Niebla en el televisor
Frío en los piesDiez, dos, cien
Briznas de polvo lunar
Cruzan la persiana
Sin parar
Su balletNo volverá
No se fue jamás
Cada recuerdo será
Un desertorQuizás un error
Cada pared, un vals
Una sonata fantasma
Cada espiral
En cada relojDuerme un temblor, duerme un temblor
Ya dan las seis
El café se enfrió
El polvo lunar nos trae
La última transmisiónPor un segundo fue
Reina del recital
Vistió la plata otra vez
Que el tiempo le tejió
Y se abrió un telón
Desafiando el final
Y en esa brecha de luz
Vuelve a bailar
Vuelve a bailar
Vuelve a bailar
Vuelve a reinaCada recuerdo será un desertor,
quizás un error.No hay comentarios en No volverá. No se fue jamás.
-
Se acabó la guerra.
Desde siempre he sido la mala. He sido el enemigo al que combatir. La incorrecta, la inmadura, la «puta cría», «niñata», «zorra»… No sé por qué aguanté tanto. Por qué perdoné tanto. Por qué me negué a ver tanto daño.
Siempre dije: «Me sentía cómoda.» Pero las pruebas estaban ahí. Los sentimientos estaban ahí. Algo se sentía «raro». Siempre era yo, siempre eran mis defensas. Me hicieron creer que los cuchillos eran flores cuando en realidad mi presentimiento era cierto y siempre fueron cuchillos disfrazados de palabras bonitas.
«Tienes que aprender a aceptar», «tienes que aceptar», «acéptalo», «supéralo», «pasa página». Aceptar, aceptar, aceptar. ¿Cuando pensabais aceptarme a mi? ¿Nunca? Fue una batalla constante por ser vista, entendida y apreciada.
¿Alguna vez aceptasteis que pudiera tener una opinión distinta a la vuestra y que no tenía por qué estar «bien» o «mal»? Solo distinta. Pero no, todo lo que hacía estaba «mal» siempre. Aprendí a defenderme a mi misma, a pelear por mi verdad después de tanta invalidación. Pero… ¿lo visteis? Era todo una «justificación», «excusas», «no aceptas tus errores»…. ¿Quién no acepta sus errores si está todo el rato afirmando «aquí metí la pata»? ¿Quien no ha reflexionado lo suficiente?
¿Por qué las relaciones se sentía verticales? En la mayoría de los casos, nunca era tratada de igual a igual. Conmigo no se hablaba, con la excusa de «es que tenemos miedo a hacerte daño». Hablar para entender es muy distinto que hablar para criticar. Y para poder hablar con alguien y entender lo que dice, hay que saber escuchar. Escuchar a alguien es darle el permiso de expresarse sin miedo, sin juzgarla, sin dictar su moralidad, su voluntad, sus intenciones. Sin acusarla. «Eres egoísta», «no piensas en los demás aunque lo digas», «tu realidad está alterada», «solo quieres beneficiarte tú», «eso son excusas». Hablar era una sensación constante de «aleccionamiento» (odio esa palabra). Un esfuerzo constante por dividir lo que soy y lo que pienso. Y siempre la misma respuesta «tienes que aceptar que lo que haces está mal»… Como si fueseis poseedores de la verdad absoluta, donde solo vosotros podíais decidir lo que estaba «bien» y lo que estaba «mal». Como si las categorías morales no fuesen subjetivas, matizables y distinguibles. Como si la realidad no fuera, en sí misma, subjetiva. Como si desconociera las normas.
Lo siento, nunca he sido ignorante, pero la legalidad no es la moralidad y tener una opinión no te hace mágicamente inconscientes de los límites (legales Y morales).
Construí una coraza para protegerme de la constante fiscalización de mi conducta. Y luego os preguntabais por qué me defendía siempre. Incluso cuando no hacía nada mal, se buscaba el mínimo fallo. Una percepción equivocada, una palabra inadecuada, un matiz inválido. ¿Quien no ha hecho crítica? He llegado a hacer tanta crítica y a revisar tanto mi comportamiento que he llegado a la conclusión de que la dinámica era siempre la misma. Y yo estoy cansada de defenderme. De vivir guardada, contenida, fuerte y resiliente. Estoy cansada de ir por la vida con el escudo por delante, porque es lo único que he podido mostrar ante la constante invalidación y la invisibilidad percibida.
Fueron casi 10 años de convivencias comunes. De quedadas a jugar juegos de mesa, de casas rurales, de cumpleaños, de bodas y celebraciones, despedidas de solteros, de complicidad, de grupos y llamadas hasta las tantas, karaokes, anécdotas compartidas, conciertos, viajes (Málaga, Alemania…) e incluso intimidades que no salieron nunca por mi parte (los traumas de una, la relación con su padre de otra, los miedos a viajar, a quedarse sola, a ser el centro de atención, la ansiedad por el trabajo). Todo relegado a un «no fui honesta» o un «para mi nunca fuiste más que una simple conocida»… O peor, un «ahí te mueras». Juré que movería cielo y tierra por esa persona, que era mi rosa de los vientos, que era mi guía, mi Nana. ¿Y ahora qué? ¿En qué ha quedado todo? Más de 10 años compartidos que se han visto reducidos a cuatro conversaciones mediante chats, abandono activo de una persona en crisis y una agresión verbal que nadie estuvo dispuesto a rechazar.
No más. De los puentes tendidos ya no quedan ni cenizas. La reparación no va a llegar nunca para mi, pero como cualquier duelo, se transita. Me llevará tiempo colocar esta herida en mi y «pasar página». Y volveré adelante y atrás constantemente, preguntandome por qué lo permití durante tanto tiempo o cómo volver ahí. Si me merecía tanto sufrimiento, si me merecía no ser vista en mi peor momento, si me merecía una conversación empática. Si alguna vez alguien pensará que se equivocó conmigo. Si alguien se arrepentirá de lo que ocurrió. Si alguien piensa que realmente me cuidó cuando más lo necesitaba.
Un paso adelante, dos atrás, tres adelante… Y así acomodando el dolor en mi interior, en algún espacio que me permita vivir.
Qué decepción, qué desengaño, que absurda melancolía.
-
Eso no era seguro para mi.
Y esa es la verdad, aunque cueste admitirlo.
Un lugar seguro es aquel en el que puedo decir lo que molesta, incomoda, sin miedo a que inviertan la responsabilidad de los actos. Un lugar seguro es aquel en el que me puedo equivocar, pero cabe espacio para el diálogo después. Un lugar seguro es aquel en el que, ante un acontecimiento con múltiples interpretaciones, alguien da un paso al frente por mi y plantea una duda razonable. Un lugar seguro es aquel que no reinterpreta una historia compartida sin la otra persona. Un lugar seguro es aquel en el que sabes que esa persona VA a estar. Sin importar cuando, sin importar cómo.
Eran mis amigos, pero no era un lugar seguro para mi.
Cuando el cuento suena así:
– Oye, esto que has dicho me molesta. Sé que no lo hacías con mala intención, pero lo has repetido tantas veces que no me hace gracia, me gustaría que dejaras de hacerlo.
– Era una broma, no te lo tomes así.
– Para mi no fue una broma, era importante.
– Eso es tu problema.
– Es algo que estás haciendo tú.
– Es que yo soy así, bromista. Y me estás pidiendo que cambie mi forma de ser y no me sale.
– No, solo te he pedido que no hagas esa broma (por enésima vez).
O así:
– Tengo algo importante que decirte. Lo siento porque blabla y blabla y soy malísima y te estoy haciendo muchísimo daño, pero es que tú eres de esta forma y me haces sentir mal porque (cosas que no son ciertas en ningún escenario). Ahora necesito que me des tiempo (A MI) y que pienses sobre lo que te he dicho (sobre lo que YO he hecho).
– Sé que estás vulnerable y yo tampoco lo estoy pasando bien, he pasado por todo esto este fin de semana, ¿podemos poner una fecha para hablarlo?
– No, ahora ya no. Me has presionado cuando te pedí tiempo. No vuelvas a hablar conmigo.
Sabes que eso no es seguro para ti.
Los quise, pero no podía seguir ahí. Y no por mi, no porque yo fuera demasiado, no porque yo fuera una persona muy sensible, no porque fueran malas personas, o me trataran mal ‘per se’.
Solo que yo me merezco un trato más digno. Unos recuerdos completos, no solo migajas. Una presencia, no algo «circunstancial«, como se ha podido interpretar. Alguien que me viese, no que interpretara mi vulnerabilidad como manipulación. Un lugar en el que no tuviera que hacerme pequeña para existir, ni callarme para ser aceptada. Donde poder decir que me duele sin que eso sea atacar o acusar a nadie.
Un lugar donde no se instrumentalice el lenguaje terapéutico. Donde la palabra «empatía» no sea utilizada como arma. Donde las emociones no sean un intercambio. Donde sentir esté bien y no sea malinterpretado. Donde las palabras no signifiquen «chantaje«.
Y sobre todo, un lugar donde no me agredieran. Un lugar donde no hubiera espacio para la agresora después. Por lo menos, hasta que la víctima decidiera qué hacer con ello.
No tuve espacio, no tuve tiempo, no tuve voz. Y si tengo que renunciar a mi espacio en el mundo, a mi tiempo o a mi voz para existir en una mesa, en esa mesa me acabaré sentando en el suelo otra vez. Y eso se acabó.
Hay otra cosa que nunca admitirán. Que tomaban decisiones sobre mi, sobre mis sentimientos, sobre mis intenciones o mis pensamientos… Sin mi.
Cuando alguien decide por ti:
- Qué te hace daño
- Cómo vas a interpretar las palabras
- Si estás preparada o no para algo
- Tu sufrimiento
- Tus necesidades
- Lo que puedes asumir (o no)
- Tu propia reacción
Cuando decides retirarle su agencia a una persona, decides «prevenir» una situación que asumes que existe o existirá, decides ignorar algo para «proteger» a esa persona del supuesto daño que le haría… Cuando admites que estás omitiendo partes de la historia (‘si no te mandé a la mierda el otro día es porque no sabes todo el cuento‘) Estás siendo paternalista. Y es algo cierto que durante unas pocas semanas se habló más de mi sin mi, que conmigo. Como si yo no supiera nada, como si no tuviera nada claro, como si no tuviera opinión siquiera. O como si no fuera consciente de la situación.
-
La chica que lo perdió todo
Se forzó tanto en continuar. Se forzó tanto en seguir como si nada pasase, como si pudiera con todo, como si fuera una heroína. Estudiar, trabajar, gestionar. Estudiar, trabajar, gestionar. On repeat. Mientras el frío se instauraba dentro de ella otra vez. Otra. Maldita. Vez. On repeat.
Ese frío que lo cubrió todo de blanco, de hielo y de muerte. Esa chica se refugió en una pequeña cabaña, chiquitita, con el corazón encogido y sin querer salir. Era familiar, había crecido en ese frío, estaba cómoda, con su camita, su ordenador… Estudiar, trabajar, gestionar. No sabía como estaba, pero estaba. On repeat. Otra. Maldita. Vez.
Empezó como un pequeño eco. Una intuición. Una voz en su cabeza diciendole «algo no está bien». ¿Serían paranoias? ¿Pensamientos intrusivos? Gestionar, gestionar, gestionar. Un breve murmullo, extendido en el tiempo. Gestionar, gestionar, gestionar. Durante días y días. Meses. Años. On repeat.
Hasta que esa voz empezó a ganar fuerza, a poner patas arriba su mundo, inquietante, incesante. Algo no iba bien. ¿Eso era familiar? Sentir lazos desvaneciéndose en la nada. Otra. Maldita. Vez.
«Siento que eres… como un bonito recuerdo»Y llegó el evento principal, la hora del show, el baile perfecto. La actriz principal llegó con sus prendas raídas, agotada, cansada. Pero llegó. Estuvo ahí. Sintió el calor. Pudo sentir el calor. Y pudo volar hacia él…. Solo un poquito más. Solo un poquito más. Maldito Ícaro. On repeat.
Esa chica no pudo volver al frío tras sentir el calor. Se plantó. Hizo algo diferente. Una. Buena. Vez. Y empezó a tirar de esos hilos invisibles. Probando, testando, descubriendo. Se rompieron. El frío se lo había llevado todo. Incluso esos hilos. Se rompieron. Y por mucho que la chica se esforzaba en sentirlos de nuevo… Ya no estaban.
La soledad. Otra. Maldita. Vez. On repeat.
